Sub-Suelo (Parte 1)


Como ya anuncié en su momento, llega al blog la primera entrega de Sub-Suelo, novelita surgida por petición popular a partir de unos de los relatos que compartí por aquí hace unos meses. 

Lo que vais a leer a continuación ha sido revisado en base a los comentarios de aquellos que se suscribieron en su momento y ya pudieron disfrutar de la primera en su bandeja de correo el mes pasado.

Este domingo recibirán la segunda entrega junto con el acostumbrado contenido extra (así que si quieres unirte a ellos y ahorrarte la espera... puedes hacerlo aquí).

Pensadlo, queridos lectores. 

Yo de momento os dejo con los dos primeros capítulo de la historia. ¡Que los disfrutéis!




Capítulo I

Cuando mi cuerpo se sumerge en el agua caliente no puede contener un gemido de placer. Ah, estas pozas son lo único bueno que tiene este puto sitio. Kalifëer, el fuego que fluye. ¡Ja! ¡Vaya un nombre rimbombante para una granja de perros!

Sí, voy a despotricar sobre esta cochinera aislada en la que me veo obligado a vivir: un dédalo de túneles que más parece la casa de un topo sin sentido de la orientación no pueden ser llamada hogar. Si no fuera porque tengo acceso exclusivo a las únicas fuentes termales del reino, diría que esto es peor que una prisión. Fue un verdadero genio el que decidió usar los cristales de espejo para recrear las termas de la superficie.

Cierro los ojos, dejándome caer hasta que el humeante líquido me cubre hasta la barbilla. Reclino la cabeza en el borde de la piscina, dejando que el cabello flote libremente a mi alrededor mientras mis músculos se relajan. A lo lejos se oye el aullido lastimero de uno de los canes blancos, pero decido obviarlo. Su cena puede esperar un poco.

De repente un pinchazo en el hombro reclama mi atención. Genial, otro puto calambre... Alzo una mano de entre las aguas, dispuesto a masajear la zona dolorida, pero me detengo a medio camino, contemplando mi extremidad. Piel blanca. De un tono ceniciento, sí. Pero blanca de todos modos. Es tan clara que casi parece brillar a la luz verdosa de los fuegos de quimera, delatando la odiosa verdad sobre quién soy.

¡Señor! —La voz del gusano al que llamo sirviente interrumpe el hilo de mis pensamientos. Me yergo sin salir del agua—. ¡Señor! —jadea, cuadrándose al borde de la piscina. Su piel está perlada de sudor. Debe haber venido corriendo—. Hay un mensajero en la puerta. Viene de la capital.

Frunzo el ceño.

¿De la capital? Aquí nunca llegan nuevas de la gran urbe, solo sucios trasgos como el que ahora jadea ante mí, enviados por sus elitistas amos a recoger y encargar nuevas camadas de perros de la bruma, pero jamás mensajeros.

¿Qué debo hacer, señor? ¿Le hago pasar?

Me paso la mano por los cabellos. ¿Qué coño hago? Resulta evidente que no puedo dejarlo en la puerta, no soy lo suficientemente poderoso como para poder permitirme tal desaire; y al mismo tiempo, mi falta de estatus me impide permitir sin temor que cualquier extraño deambule por mis dominios.

Un rugido aterrador pone fin a mis cavilaciones. Mi criado palidece (o más bien se torna verde pálido), girándose hacia el túnel que da acceso a mi morada. La quimera. Salgo del agua de un salto, agarrando la toalla mientras echo a correr en dirección al vestíbulo seguido por el gusano. Los rugidos se oyen cada vez más fuertes, y cuando llego a la entrada encuentro al mensajero, cuyo rostro queda oculto tras una capucha, arrinconado contra la pared por la enorme bestia.

Las serpientes de su cola sisean al verme llegar, alertando a las dos cabezas del animal, que se giran para fulminarme con sus ojos como brasas. La cabeza de cabra resuella, y el humo escapa por sus fosas nasales.

Déjalo —ordeno a la bestia, envolviendo la toalla en mi cintura. La cabeza de león ruge, sin apartarse del mensajero—. Venga, tú eres una gran cazadora. No necesitas aterrorizar a mis visitas para comer.

Las garras del animal arañan el suelo de piedra, y sus colas restallan como látigos, pero no se mueve un ápice. ¡Cinco deidades! ¿Por qué cuesta tanto razonar con ella?

¡Lárgate de una vez! —rujo señalando el exterior de la caverna—. Fuera. Ya.

Su cabeza de león gruñe a modo de protesta, enseñando sus enormes colmillos, pero finalmente opta por retirarse. Pronto sus pesados pasos se pierden en la inmensidad del subsuelo.

Observo al mensajero, que se sacude la ropa en un intento por recobrar la compostura. Por muy bien pagado que esté, seguro que el sueldo no le compensa el susto... Entonces me fijo en la caída de su capa, que se abulta sospechosamente a la altura del pecho. ¿No será una tía, no?

Sin mediar palabra, el mensajero me entrega un sobre algo arrugado, pero con el sello intacto. Lo estudio atentamente. El árbol invertido, símbolo de la casa real. No espero un segundo más antes de rasgar el lacre y extraer la escueta pero pomposa nota que hallo en su interior. Descifrar la abigarrada caligrafía me lleva un par de minutos.

Así que nuestro amado monarca ha pasado a mejor vida —resumo, doblando la misiva con desinterés antes de entregársela a mi sirviente—. Pues muy bien, gracias por informarme. Dales mi mas sentido pésame a todos sus familiares y lameculos de la capital. Ahora, si me disculpas...

El mensajero se cruza de brazos. Le miro con desgana. ¿Qué espera? ¿Que escriba una hipócrita pero sentida respuesta para transmitir mis condolencias? Sinceramente, se podrían haber ahorrado la molesta de anunciarme la muerte del rey. A mí me la trae bien floja quien pose su augusto culo en el trono, indistintamente de qué capullo nos gobierne yo seguiré teniendo una vida miserable.

El emisario sigue ahí plantado, sin intención de moverse. Ah, claro... La puta propina. Hago un gesto al gusano, que desaparece por el pasillo para volver a los pocos segundos con mi bolsa. Se la arrebato de las manos y lanzo un par de dracmas de plata al mensajero, pero él ni siquiera hace intento de cogerlas, dejando que se estrellen contra el suelo. Su actitud me está empezando a hinchar los cojones mucho más de lo que estoy dispuesto a tolerar.

¿Puede saberse qué pollas quieres, imbécil?

¿Es esa forma de tratar a los Gil-adana, Atron el Sin Casta? —pregunta una voz femenina tras la capucha. Una voz que conozco perfectamente, ya que se ha paseado mucho por mis sueños.

La emisaria retira su capa, dejando a la vista una larga y ensortijada melena púrpura que enmarca un rostro de piel violeta y ojos grises. Sonrío al verla, y el gesto parece molestarle, pues Taska Gil-adana, princesa de los señores del subsuelo, se cruza de brazos ante mí.

¿Así es cómo saludas a tu señora? —me reprocha.

Oh, perdonad mi falta de modales... princesa —me disculpo con una burlona reverencia—. Vivo tan aislado que no logro acostumbrarme a las finas maneras de la corte. Espero que el hecho de haber salvado vuestra vida disculpe mi desliz.

Tus modales son lo de menos. Es tu... aspecto el que me ofende.

Bajo la mirada hacia la toalla que me cubre. No, no es el atuendo más adecuado para recibir a la heredera al trono. O tal vez sí.

Oh, ¿preferís que me la quite, princesa? —pregunto, aferrando la prenda con intención de desprenderme de ella.

La ira centellea en los ojos de Taska.

¡Ya basta! —truena—. No he venido aquí buscando pelea, pero saben los dioses que tampoco lamentaré volver a casa con tu cabeza como trofeo.

Calma, no será necesario .—Alzo las manos en señal de rendición—. Pasad, por favor. Un vestíbulo no es lugar para recibir a alguien de vuestra alcurnia. Gusano —ladro—, sal afuera e invita a pasar a la escolta de la princesa.

Pero señor —protesta el asqueroso trasgo—, ahí afuera no hay nadie.

Ah, ¿habéis venido sola? —la interrogo con fingida sorpresa. Un elocuente silencio es toda la respuesta que obtengo.

Mejor. Si no ha traído guardias consigo aún tengo alguna opción a derrotarla si las cosas se ponen feas. Le ofrezco un brazo, pero ella lo rechaza con un ademán. Encogiéndome de hombros la guío hasta una caverna que hace las veces de salón. El fuego de quimera crepita en la chimenea, caldeando la sala. La invito a sentarse en uno de los divanes, mientras yo me recuesto en el otro. El gusano entra a los pocos segundos, portando un botín y dos copas de vino del crepúsculo.

Con un gruñido (y de espaldas a mi quisquillosa invitada), me cubro con el batín, lanzando la toalla al suelo. Después arrebato la copa de manos de mi criado y doy un largo trago mientras me recuesto de nuevo. Por su parte, Taska, que se ha desprendido de la capa, abandona su bebida en una mesita cercana.

Ahora que ya visto de forma más... adecuada, decidme: ¿qué puedo ofreceros? ¿Buscáis nuevos perros para un espectáculo? Tengo ahora una camada de zafiros, podría haceros un buen precio por los cinco.

No necesito para nada a tus perros —responde secamente.

Entiendo. ¿Son lámparas lo que buscáis?

Taska se permite una sonrisa desdeñosa.

Avatares de la casualidad han hecho que la quimera habite en tus... dominios. Pero su llama no es tuya, Atron. Y de todos modos, no es eso lo que quiero.

Su trato me excita y repele a partes iguales. Maldita mujer... Me peino los cabellos, observándola.

No veo entonces cómo puedo seros de utilidad. En Kalifëer no hay nada salvo perros y agua caliente. No tengo qué daros.

Te equivocas —dice, y sus ojos oscuros se clavan en los míos—. Te quiero a ti.
Dejo escapar una risita.

¡Qué atrevida petición! ¿Tan irresistible os resulto?

Taska me observa en silencio. No hay ira en su gesto, solo desprecio.

Sabes perfectamente que no me refería a eso. —Hace una pausa—. Necesito obtener algo, y tu herencia de bastardo te hace idóneo para llevar a cabo esa misión.
Me tenso como la cuerda de un arpa. No me gusta su tono, y mucho menos me agrada lo que está insinuando.

Creo que no os sigo —digo, y mi voz suena áspera.

Yo creo que sí. —Taska da un sorbo a su copa antes de abandonarla de nuevo sobre la mesa—. La vida es dura, y los esclavos se pagan a muy buen precio, ¿no es cierto, Atron?

Guardo silencio. No es ningún secreto que trafico con elfos secuestrados, muchos bastardos como yo lo hacen. Nos aprovechamos de nuestra sangre mestiza para colarnos en su territorio y cazarlos. Es una tarea bien remunerada, pero eso no quita que se trate de un trabajo sucio. Un trabajo sucio y arriesgado.

Doy un largo trago de vino antes de tomar la palabra.

¿Qué es lo que queréis? ¿Vírgenes para agasajar a los nobles?

Nada de eso. Quiero que uses esa asquerosa piel pálida tuya para escabullirte en su ciudadela y traerme su bien más preciado. Así podré demostrar a esas gallinas engreídas que los Gil-adana aún somos capaces de gobernar.

Sus ojos chispean cuando habla, convencida de que ganará este pulso por el poder. Pobre ilusa... Ningún noble de la capital se bajará los pantalones ante una niñata solo porque les enseñe las joyas de los elfos (y si se los bajan será con otras intenciones muy distintas). Pero claro, eso no se lo voy a decir.

Así que el tesoro de las ratas de la superficie... De acuerdo, pero ¿qué saco yo a cambio de traerte unas cuantas piedras preciosas? —pregunto, obviando el ridículo trato de cortesía. Esto es un negocio. ¡A tomar por el culo el formalismo!

Taska arquea una ceja, y por primera vez en esta velada un atisbo de sonrisa aflora en sus labios, finos y pensados para que los besen y muerdan. Joder, seguro que la chupa de fábula...

¿Quién ha hablado de joyas, Atron? No, no quiero para nada el oro de esas alimañas de piel blanca —dice, y sus ojos me contemplan con asco—. Lo que quiero es algo que ni todo el oro del mundo podría reemplazar: a sus príncipes.

Me atraganto con el vino. ¿Que capture a los príncipes elfos?

Una cosa es llevarse por la fuerza a cuatro campesinas despistadas, y otra muy distinta perpetrar el secuestro de los miembros de la familia real. No es equiparable, por muchos años de experiencia que tenga. ¡Cinco deidades, es una puta locura!

Aunque claro, aceptar una misión de este calibre podría ser la oportunidad que he estado esperando los últimos setenta años para escapar de esta vida... Sí, puedo exigirle un precio elevado a cambio. Y ya sé lo que quiero.

¿Cuánto? —pregunto, pasándome la mano por los cabellos.

Taska deja escapar un gruñido. Al parecer, ese gesto la saca de sus casillas.

Te pagaré treinta veces la cantidad que te ofreció lord Ehris por la jovencita rubia de hace un par de meses. La mitad ahora, y el resto cuando acabes.

Niego con la cabeza. Contrariada, la princesa frunce el ceño. ¿Qué esperaba? ¿Que aceptara sin más? ¡Ja! Cómo se nota que no está acostumbrada a negociar esta niñata acaudalada...

Cuarenta veces —ofrece—. Pero ni un dracma más.

No quiero dinero —digo, y el desconcierto se pinta en su rostro—. Voy a jugarme el cuello, y ni todo el oro de tu linaje compensa ese riesgo. Vas a tener que ofrecerme algo más jugoso si quieres mi ayuda. Sino, búscate a otro con mis aptitudes.

¿Qué es lo que quieres? —Se impacienta—. ¿Que te apañe un matrimonio con una joven y rica heredera?

Nómbrame tu xha .—La burla brilla en sus ojos y alzo una mano para impedir que me interrumpa con otro comentario insidioso—. Hazme tu segundo o no hay trato.

¿Pero cómo osas siquiera pedir eso, Atron? Atenta contra las leyes.

Sáltatelas. ¿O acaso eres princesa solo de nombre?

Cuidado con ese tono —advierte—. Estás hablando con tu señora y hay cosas que...

Técnicamente —la interrumpo—, aún no eres mi señora ni la de nadie, y no lo serás hasta que no te coronen. Así que relájate y acepta mis condiciones, o olvídate de los príncipes y de tu ansiado trono. Tú eliges.

Bastardo... —maldice entre dientes.

Precisamente por eso me necesitas.

Taska me fulmina con la mirada por ese comentario, sabiéndose derrotada, y yo saboreo la victoria apurando la copa de vino.

Está bien —accede—. Pero exijo tu lealtad absoluta. Y al menor desliz no vacilaré en destriparte con mis propias manos.

Por supuesto, princesa. No os defraudaré —prometo, levantándome del diván para acercarme a ella.

Taska me mira. Poso una mano sobre su hombro y la empujo suavemente, obligándola a recostarse. Su mano contra mi pecho me detiene.

¿Qué haces, escoria? —exclama.

¿Tú qué crees? Sellar el trato a la manera de nuestro pueblo —explico, empujándola con más energía mientras me desprendo del batín—. No dirás que no...

Ella me pasa los brazos por la espalda. Ronroneo complacido mientras mis manos reptan por su cuerpo, palpando cada milímetro de carne. Taska cierra los ojos, y para mi sorpresa, me acaricia los hombros. Pensaba que se resistiría más...

Justo en ese momento noto cómo sus uñas se clavan en mi piel, bajando por mi espalda mientras desgarran la carne. Con un aullido de dolor trato de apartarme, y ella aprovecha para tirarme al suelo y plantarse ante mí, con un pie presionando sobre mi garganta. Gimo lastimeramente.

Cerdo presuntuoso —sisea—. Puede que la zorra de tu madre se dejara violar por el primer pálido que veía, pero yo no. —El tacón de su bota se clava un poco más en mi cuello—. Escucha bien lo que voy a decirte, porque no lo repetiré. Tal vez haya accedido a darte un cargo que no mereces, perro, pero hay algo que jamás haré: reconocerte como a uno de los míos. ¿Ha quedado claro?

Asiento y Taska se retira, no sin antes regalarme un puntapié en las costillas que me hace ver los astros. Me incorporo hasta quedar sentado en el suelo. Ella me da la espalda, poniéndose la capa.

Te espero dentro de dos ciclos en la capital —dice mientras avanza hacia la puerta. Se gira, y sus ojos de acero me perforan—. Si no traes a los príncipes, no te molestes en venir.


Capítulo II

La mirada del general es serena, y por un momento dejo que la esperanza me embargue. Tal vez lo haya conseguido esta vez. Sin embargo, cualquier atisbo de ilusión se hace pedazos en cuanto él abre la boca.

Lo siento, Idrana, pero la respuesta es no.

Su tono desapasionado me enerva, pero procuro controlar mi indignación. A fin de cuentas, Ghibel no es el responsable de esta decisión.

¿Y no hay ningún modo? —pregunto a pesar de conocer la respuesta.

El general se encoge de hombros y deja escapar un profundo y sonoro suspiro. Es el preludio de una de sus habituales discursos. Me resigno a escuchar el monólogo que se avecina.

El Consejo ha decidido, y ante eso poco o nada se puede hacer. Eres buena, nadie lo pone en duda, pero no estás preparada para asumir el puesto de capitana con todas las responsabilidades que conlleva. Eres demasiado joven —sentencia, y siento cómo mis mejillas arden de rabia y de vergüenza.

Con todo, logro contener mi lengua para no expresar con palabras inapropiadas qué opino del Consejo y por dónde creo de deberían meterse sus deliberaciones. Asiento con resignación y Ghibel me pone una mano en el hombro. Es un buen hombre. Algo nefasto como instructor, pero un gran hombre.

De todos modos —digo, y me arrepiento al instante de haber abierto la boca—, quisiera saber quién será el nuevo capitán de la guardia. Si eso es posible, claro.

El general me mira con sorpresa, como si mi pregunta estuviera fuera de lugar, y una sombra de sospecha cruza por mi mente. ¡Estúpida! No debería haber preguntado.

Tu hermano Deuce —responde Ghibel—. Lo supo hace dos días, ¿aún no te lo había contado?

Niego con la cabeza.

Hace varios días que no le veo —miento. El general no tiene por qué estar al corriente de mis problemas familiares.

Ghibel asiente, conforme con mi explicación, y yo aprovecho para despedirme alegando tener asuntos que atender. Pronto me pierdo por las calles de Aka-nhû, dejando que los numerosos riachuelos que las recorren me conduzcan hasta los pies de la muralla, donde termina la cúpula, ese óvalo que nos mantiene ocultos. A salvo.
No siempre estuvo ahí. Los más viejos hablan de un tiempo en el que no eran necesarias las barreras, cuando aún vivíamos con los hombres en sus ciudades, antes de que llegaran las ratas del subsuelo. Cuentos para niños.

Yo he visto a los hombres. Su poblado se divisa desde el portal de Tres Llaves, al sur-este, y no concibo para nada un periodo de convivencia con mi pueblo. Lo único que esas criaturas barbudas tienen en común con nosotros es el odio que nos profesamos.

Treinta y siete pasos .—La voz de Caren me devuelve a la realidad—. Treinta y ocho si contamos el salto desde el escalón.

Miro a mi alrededor. No me había dado ni cuenta de que subía a las almenas. Caren se levanta del suelo y me da un abrazo. Para variar, tiene el pelo revuelto y el citar cruzado a la espalda. Su gesto me reconforta, y por unos minutos permanecemos abrazados.

No ha ido bien, ¿eh? —dice cuando nos separamos, invitándome a tomar asiento.

Acepto, recostándome junto a él a la sombra de uno de los merlones. Una pareja de guardias nos mira al pasar, pero decido ignorarlos. Lo que menos me apetece ahora es ver los uniformes blancos de la guardia de la ciudadela.

No te angusties —dice Caren al ver mi semblante—. Esos cretinos no merecen tu talento.

Lo miro de reojo. Sé que solo trata de animarme, pero sus palabras más que consolarme me hieren. No entrar en la guardia significa que pasaré el resto de mi vida sirviendo de centinela en el palacio, que jamás me podré unir a las partidas de exploradores. Que nunca podré servir en el refugio bajo el lago.

Pero Deuce sí. Y eso me enfurece.

Un tañido inconfundible me sobresalta, seguido por un denso silencio. Caren y yo intercambiamos una mirada de alarma. Las campanas de Aka-nhû solo tocan por un motivo: un ataque.

Caren señala entonces al palacio, cuyos muros están siendo devorados por unas antinaturales llamas verdes. No me lo pienso un momento. Me pongo en pie de un salto y echo a correr en dirección a la plaza. Caren me sigue, y en pocos minutos nos encontramos engullidos por una nube de denso humo que cubre por completo las calles de la ciudad.

Avanzamos casi a ciegas hasta que nos vemos atrapados por la multitud que se agolpa ante el palacio. La guardia mantiene alejados a los viandantes mientras las llamas trepan sin control hacia la torre central, desde donde las campanas siguen tañendo con impotencia.

¡Atrás todos! —chilla la voz de Ghibel en medio del humo.

En ese momento se abren los pórticos del palacio, y una docena de siluetas aterrorizadas huyen del interior del edificio escoltadas por un nutrido grupo de guardia. A pesar del humo, sus túnicas destellan a la luz de las llamas. Túnicas de plata. La familia real.

¡Cuidado! —grita una voz femenina, seguida por una cacofonía de voces aterradas.

Apenas tengo tiempo de percatarme de lo que ocurre cuando la multitud me empuja como una marea, separándome de Caren y arrastrándome hacia un callejón. Se oyen más gritos, seguidos por el sonido de la piedra al hacerse pedazos. Giro la cabeza a tiempo para ver cómo uno de los torreones auxiliares del palacio se derrumba sin que nadie pueda evitarlo.

El polvo, el humo y los escombros se mezclan en el aire. Siento los ojos secos y tengo que bajar la cabeza para no ahogarme. Todo se vuelve confuso. Empujones. Piedras. Gritos. El tañido de las campanas. Un golpe seco en la nuca. Silencio.



Y hasta aquí la primera parte ^^

¿Qué? ¿Os habéis quedado con ganas? ¿La espera os puede? Pues uníos a la lista de suscriptores: no tenemos galletas, pero tampoco hacemos spam.

Y además tienen habilitadas encuestas semi-vinculante al final de cada capítulo.

¡Nos leemos! 

4 comentarios:

  1. ¿Por qué cojones Atron está tan salido? Es su princesa o algo, un respeto. Craa

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    1. Es que vive muy solito y aislado, el pobre XD

      Nah, en relidad es un irreverente y un sátiro.

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  2. *Se autoflagela* HOLA TIEMPO ALÁRGATE QUE LEA, CABRÓN. Y después de esta aparición estelar me voy a quitarme cosas de encima para poder leer a estos elfos tuyos cuanto antes. Un beso ;)

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    1. *Le da pomada para las heridas*

      No te preocupes, ellos esperaran todo el tiempo que haga falta a la más grande de las serpientes ^^

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