Sub-Suelo (Parte 2)


He aquí la segunda parte de Sub-Suelo, la novelita surgida a petición popular de uno de mis relatos. 

Aquí os dejo la primera parte para aquellos que no pudieron leerla (o para refrescar la memoria).

Este domingo aquellos que estén suscritos a la lista de correo recibirán la tercera entrega junto con el acostumbrado contenido extra, así que si quieres unirte a ellos y ahorrarte la espera... puedes hacerlo aquí.

Y ya no os entretengo más, disfrutad de la lectura ^^





Capítulo III

La gruta es un páramo de oscuridad, silencio y rocas. El aire está viciado aquí abajo y el calor es sofocante. Mi boca pide a gritos un trago de agua fresca de la cantimplora, pero me resisto a mover un músculo para contentarla y permanezco inmóvil tras las rocas. Observando.

A una distancia de diez metros se hallan acampados los asaltantes de Aka-nhû, tomando una cena frugal a la luz de una hoguera de llamas verdosas. Son dos. Uno, el que da las órdenes, es alto y esbelto, con la piel nívea. Pudiera haber pasado por uno de los míos si no fuera por esos ojos dorados, que relucen en la semioscuridad.

Su acompañante en cambio, jamás podría aspirar a parecerse a nosotros, es bajo, feo, achaparrado y viscoso. Aún desde la distancia me resulta repulsivo, y si no lo estuviera oyendo quejarse, hasta negaría su capacidad de razonar.

Tumbado tras ellos, con su enorme cuerpo sujeto por unas gruesas correas a una carreta blindada, reposa un monstruo bicéfalo, una bestia horrorosa salida de los cuentos de miedo que tanto le gustaban a Deuce cuando era niño. Su cabeza de león bosteza, revelando una portentosa dentadura capaz de partir por la mitad a un hombre. De súbito, la cabeza caprina se irgue, olfateando el aire mientras briznas de humo escapan de su achatado hocico. Instintivamente me encojo, conteniendo el aliento, como si así pudiera ocultarme del fino olfato de la criatura.

Pero al parecer, mi olor sigue siendo invisible para ella, y cuando por fin se cansa de olisquear, y tras soltar un larguísimo bostezo por ambas cabezas, el animal se acurruca cómodamente. A los pocos minutos su respiración se vuelve regular, delatando un profundo sopor, y yo no puedo contener un suspiro de alivio.

Tal vez debería haberle hecho caso a Ghibel y esperar a que se organizara la partida de rescate, pero eso habría significado dar ventaja a los asaltantes y dejar a Caren y a mi hermano a su merced, tal vez durante varios días. Sacudo la cabeza. No, ya hice bien abandonando Aka-nhû por mi cuenta. Al menos he logrado darles alcance.

Mientras contemplo cómo el pálido reprende con muy malos modos a su horroroso compañero reflexiono sobre el incidente de esta mañana.

Lo último que recuerdo con cierta claridad es haber visto cómo la torre este del palacio se tambaleaba para, a continuación, verme arrollada por el gentío en fuga mientras ésta se desmoronaba bajo las llamas. Fue en ese momento cuando me separé de Caren, luego algo me golpeó la cabeza. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en un callejón en brazos de Ghibel con la noticia de la desaparición de los príncipes junto con varios de los guardias y habitantes de la ciudadela, entre ellos Caren y mi hermano.

Observo con rabia la carreta, donde sin duda deben transportar a los presos.

Solo unos metros me separan de ella. Si lograra acercarme y abrir la puerta... Vuelvo a fijarme en el extraño dúo que la vigila para descubrir, no sin cierto asombro, que han decidido dejar de lado sus interminables discusiones para empinar el codo sin ningún tipo de reparo, control, ni medida.

Mientras contemplo cómo la bota pasa de unas manos a otras, sonrío para mí misma, y no puedo sino dar gracias a Enova por mi fortuna. Creo que muy pocos antes que yo han tenido la suerte de ver cómo sus enemigos decidían beber despreocupados hasta perder el sentido en el momento más oportuno.

Y es que hay que ser muy gilipollas para coger una tajada la noche después de haber perpetrado el secuestro de varios miembros de la familia real. Cada vez tengo más claro que los ancianos mienten sobre la supuesta astucia de los monstruos del subsuelo. O eso, o yo he topado con los más necios de entre los suyos.

Viéndolos tan distraídos en hacer correr el vino, me permito el lujo de perderlos de vista durante unos segundos para extraer del cinto mi pequeña pero versátil daga de cristal. Aún con esta notable falta de luz, su hoja reluce como si la luna se reflejara en ella, y puedo ver correr la energía que la impregna a través de las pequeñas vetas del cristal.

La contemplo con una mezcla de tristeza y determinación. ¿Por qué crearon un objeto tan hermoso destinado a perpetrar actos tan viles?

Unas manos fuertes aprisionan mi cuerpo, obligándome a soltar la daga. Una de ellas me cubre boca mientras la otra retiene mis brazos; unas manos blancas que apestan a sangre, a metal y a pelo chamuscado.

Vaya sorpresa. Cuando supe que alguien nos seguía no podía ni imaginar que se trataba de una zorrita élfica.

Mi mirada vuelve junto a la carreta solo para corroborar lo tonta que he sido: la figura alta ya no está. ¡Qué incauta e idiota! ¿Cómo he podido confiarme tanto? La borrachera, la quimera dormida... Seguro que todo era una treta.

Pataleo a la desesperada, pero lo único que logro con ello es arrancar una carcajada de burla a mi captor, que me iza del suelo y me carga sobre los hombros, llevándome al campamento mientras yo no dejo de removerme.

¿Lo ves, gusano? –saluda a su compañero cuando llega. El rechoncho corretea hacia nosotros portando unas largas cuerdas–. No puede uno bajar la guardia nunca.

Mi captor me sujeta mientras su compañero ciñe las cuerdas en mis muñecas, codos y tobillos. Luego el esbelto me deja recostada contra la rueda delantera de la carreta. La cabeza leonina de la quimera se gira para dedicarme un gesto que podría ser entendido como una sonrisa. Aparto la mirada con gesto brusco. Ahora ya no hay duda de que todo fue un engaño. ¡Qué idiota!

Es guapa, ¿verdad? –pregunta mi captor, secándose los labios. Ahora sí que está bebiendo a gusto el muy cabrón... Su compañero se encoge de hombros–. ¡Oh, vamos! Que seas maricón no te impide apreciar la belleza, joder.

Yo no soy un invertido –protesta el achaparrado por lo bajini, pero su compañero ya no le presta atención alguna.

Aún con la bota de vino en las manos avanza hacia mí con decisión, acuclillándose a mi lado. Extiende el brazo y me ofrece un trago, pero yo giro la cara.

¿No? –pregunta, ofreciéndome bebida por segunda vez. Repito el gesto y él se da por vencido–. Como quieras. –Lanza el odre a su compañero y clava sus ojos en mí.

Está demasiado cerca, casi puedo notar su aliento en la frente. Alarga una mano y yo cierro los ojos. Él me aparta el cabello de la frente, sin dejar de mirarme.

Sin duda eres hermosa. Pagarán bien por ti. –Se rasca el mentón con gesto pensativo–. Dime, ¿no serás virgen, verdad?

La rabia de verme tratada como a un objeto se apodera de mi cuerpo, y a pesar de mis ataduras me lanzo hacia adelante, estampando mi cabeza contra su barbilla. El golpe lo hace caer a tierra y logra borrarle esa odiosa sonrisa del rostro. Que se joda. Ojalá le hubiese acertado en la nariz y se la hubiera partido...

Eres peleona, ¿eh? –murmura mi captor, levantándose del suelo–. Bueno, nos tomaremos ese gesto como una prueba de tu castidad –susurra, y por primera vez en mucho tiempo me estremezco de miedo.



Capítulo IV

El gordo de Raamik, propietario del lupanar más selecto de la capital, pone los brazos en jarras.

¡¿Dos mil?! ¡Eso es un robo! –exclama.

Me encojo de hombros.

Si tú no la quiere, ya encontraré a quien la compre –digo, abarcando la ciudad con un gesto–. Tal vez en La beldad estén interesados...

El rostro de Raamik se crispa ante la mención de sus competidores directos. Justo lo que esperaba. Un hombre es capaz de cualquier cosa con tal de privar a su enemigo de algo. Incluso de pagar por lo que no desea.

Está bien. Me la quedo. Pero no pienso pagar más de mil quinientos dracmas.

Mil novecientos. Recuerda que es virgen.

Ningún coño vale tanto, ni siquiera sin estrenar. Mil setecientos.

Hecho –me apresuro en aceptar, extendiendo la mano.

Muy a su pesar Raamik se lleva la mano a la bolsa y deposita sobre mi palma diez dracmas de oro y cuatro de plata. Le devuelvo el cambio mientras mi criado le entrega la cadena a la cual está sujeta esta preciosidad de capturé en las grutas.

Aunque el viaje a pie ha cubierto de polvo y arañazos sus ropas, sigue conservando esa mirada fiera y esa actitud desafiante que tanto me fascina. Cuando pasa por mi lado, sin siquiera mirarme, dejo escapar un suspiro. Casi me sabe mal venderla, sobretodo porque aún no la he catado.

Sacudo la cabeza, y mientras me prometo a mí mismo que visitaré el burdel para degustarla más pronto que tarde, indico a la quimera que prosiga su camino hacia el palacio. Cuando la carreta está a punto de doblar la esquina, los gritos de Raamik me hacen voltearme. ¿No habrá cambiado ya de idea, no?

Resignado, desando el camino.

¿Qué ocurre, querido amigo? –pregunto exhibiendo una sonrisa servicial.

No me habías dicho que tenías machos –me reprocha, señalando la parte posterior de la carreta, desde donde pueden verse los presos–. Ésos son muy rudos para usarlos como efebos, pero me vendría bien un eunuco. ¿Cuánto quieres por uno?

Miro la carreta y a los cinco elfos que en ella aguardan. Dos de ellos son los príncipes, pero del resto podría desprenderme. Sin embargo, prefiero hacerle la entrega completa a Taska que malvenderlos a un putero. ¿Quién sabe? Puede que a la princesita le gusten como mascotas, y seguro que su bolsa es mucho más generosa que la de Raamik.

Lo siento, pero ya tienen dueño –explico, y antes de que pueda replicar añado–: son para el palacio.

Molesto, Raamik se retira arrastrando consigo a la elfa, y yo prosigo mi camino por la sinuosas calles de la capital hasta llegar al palacio, un nenúfar de piedra negra rodeado por una gruesa muralla circular.

Me dirijo hacia la puerta principal, y tras discutir acaloradamente con los dos imbéciles que la custodian consigo que me dejen pasar al patio. Allí sale a recibirme un paje emperifollado en el uniforma más ridículo que he visto en años. Me anuncia con maneras rimbombantes que en breve seré recibido por la princesa.

Yo no sé qué es lo que ese payaso entiende por breve, porque es necesaria una hora de espera para que me permitan acceder al interior del edificio. Entro yo solo, pues los guardias no permiten que me acompañen ni la quimera ni el gusano. Tendrán que esperar fuera.

El palacio es por dentro tan negro y afilado como parecía por fuera. Las baldosas del suelo son de un añil oscuro, del color de las aguas subterráneas. También las columnas que sostienen los altísimos techos son de ese tono azulado, aunque la luz de las antorchas las haga brillar y disipe parte de esa oscuridad.

Ya me estaba haciendo a la idea de que no te vería más –dice Taska a modo de saludo, apareciendo por uno de los pasillos laterales–. Así que lo lograste, ¿eh? –pregunta con su acostumbrada impertinencia.

Juro por Sysot que el día menos pensado la voy a poner a cuatro patas y a darle bien. Ya veremos entonces dónde quedan esos humos de niña consentida que siempre gasta...

¿Lo dudabas?

Muestra más respeto, engendro –truena una voz suave detrás de Taska.

Miro por encima del hombro de la princesa para ver aparecer por el pasillo a una figura encapuchada que avanza hacia nosotros arrastrando los bajos de su larga túnica carmesí. Una sacerdotisa de la Casa de las Cinco Deidades, y a juzgar por los bordados de sus ropas, una de las importantes. No sé por qué, pero me suena haberla visto antes, aunque no recuerdo dónde.

Taska tuerce el gesto al verla. No parece en absoluto contenta con su presencia. La sacerdotisa se gira hacia mí y me señala con un dedo largo y huesudo que termina en una uña igualmente larga y pintada de rojo oscuro.

¿Por qué no estás de rodillas, abominación? –inquiere.

No interfieras en esto, madre. –Taska se cruza de brazos–. Él es cosa mía.

¡Ah, coño! Pues claro que me suena su cara. Este vejestorio con capucha es la reina (o lo era hasta que su maridito se fue a criar malvas), Isode, la suma sacerdotisa del Templo de Sysot.

Deshonras la memoria de tu padre permitiéndole que te hable así –insiste la sacerdotisa–. Su simple presencia ya es una mácula en el honor de los Gil-adana. Si esto llegase a oídos de tu primo...

Mi primo no tiene nada que decir –la corta la princesa–. No es un Gil-adana.

No, pero tiene el apoyo de la mayoría de las casas. ¿Qué tienes tú? –Niega con la cabeza–. Si se supiera que tienes tratos con... esto –dice señalándome–, sería el fin de tus pretensiones al trono.

¡No son pretensiones, es mi legítimo derecho! –estalla Taska–. Yo soy la heredera, y solo a mí me concierne con quién tengo tratos y cómo deben tratarme. Retiraos, madre.

Isode mira a su hija, y a continuación me mira a mí. Opto por bajar la vista y fingir que no estoy prestando atención a la jugosa disputa familiar que está teniendo lugar ante mis ojos. Desde luego compadezco al pobre desgraciado que tenga que aguantar a este carcamal por suegra.

Si salgo por esa puerta, habrás perdido a tu madre, pero también el apoyo de la Casa de las Cinco Deidades –amenaza la vieja reina–. No creo que lo que este adefesio pueda ofrecerte compense esa pérdida.

Taska ni se inmuta ante las palabras de su madre, y del mismo modo como Isode me había señalado a mí minutos antes, extiende su brazo para indicarle a su madre el camino de salida.

Retiraos, lady Isode –ordena sin que le tiemble la voz. Joder, qué bien puestos los tiene (¡y cómo me pone esa actitud!).

La sacerdotisa queda inmóvil unos segundos, como si le costase asimilar las palabras de su hija. Finalmente asiente, irguiéndose ante Taska.

Sea. Que tu reinado sea breve y tu vida un sendero de clavos. Así encuentres la muerte dentro de muchos siglos, para que puedas padecer hasta el último de los días que los Cinco te concedan.

Isode escupe a los pies de la princesa, sellando su maldición. Luego se retira por el mismo pasillo por el que apareció. Cuando sus pasos dejan de oírse miro a Taska, que sigue con la mirada fija en el pasillo, apretando los puños. Carraspeo para hacer notar que sigo allí y la princesa se gira como una víbora. Cinco deidades, esos ojos reflejan el puto infierno.

¿Algo que decir? –pregunta.

Niego con la cabeza.

Excelente. Enséñame a los príncipes.

La acompaño hasta la salida, donde el gusano espera impaciente al lado de la quimera. Taska pasa por su lado sin prestarles atención y se planta ante la parte posterior de la carreta, desde donde puede ver a los cautivos.

¿Qué significa esto, Atron? –Me acerco a ella. Parece muy disgustada–. El rey de los pálidos solo tuvo dos hijos, pero aquí veo a cinco hombres. ¿Quiénes son?
Me encojo de hombros.

Había que aprovechar el viaje. –Señalo al fondo de la carreta–. Los príncipes son esos dos, los que llevan la túnica blanca. El resto son chusma: guardias, civiles... Carne de mercado, vaya.

La princesa me mira sin decir nada. Joder, ¿es que no se relaja nunca? ¡Le saldrán arrugas de tanto fruncir el ceño!

Está bien. Te has extralimitado en tus funciones, pero has cumplido. –Taska alza una mano y dos de los guardias que custodian en patio se acercan. Se gira hacia ellos–. Sacad a los presos de la carreta y llevadlos a las galerías.

Los guardias se apresuran a obedecerla, apartándome de mi propio carro sin delicadeza alguna. La princesa asiente. Está complacida. Desanda en camino en dirección al palacio. ¿Pero qué coño se cree esta tía? ¡Esto no fue lo que acordamos!
Intercambio una mirada con mi sirviente, que parece tan confuso como yo. Tampoco la quimera se siente satisfecha y sus garras rascan la tierra del patio. Normal que se indigne, prometí darle uno de los presos como pago por su ayuda...

¡Eh! –llamo, pero Taska no se da por aludida.

Salvo la distancia entre nosotros con cuatro largas zancadas y la retengo por el brazo antes de que se interne en su loto negro. Me lanza una mirada furibunda que decido ignorar. Más razones tengo yo para estar cabreado que ella.

¿Quieres hacer el favor de soltarme?

Por supuesto. Pero antes, deberás cumplir con tu parte del trato.
Ladea la cabeza, exhibiendo una sonrisa que, de no encontrarme en esta situación, me resultaría muy atractiva.

¿Trato? Nosotros no tenemos ningún trato. Y ahora, si eres tan amable de soltarme...
Gruño entre dientes.

Por este tipo de cosas detecto trabajar con la aristocracia de la capital. Son unos advenedizos cuya palabra vale menos que la mierda que cago. Taska sigue sonriendo, esperando a que ceda y me largue. Su gesto enciendo aún más mi rabia. Tal vez sea hora de enseñarle a esta niñata el valor de la palabra dada.

No le doy ni tiempo a reaccionar. Tiro de su brazo para atraerla, quedando nuestros labios muy juntos. Taska trata de chillar y la acallo con un beso. Sus ojos grises me fulminan, jurando venganza. Me muerde la lengua. En lugar de apartarme, como ella esperaba, le devuelvo el gesto.

Por el rabillo del ojo puedo ver a la pareja de guardias, que se han detenido a pocos metros de nosotros, sin saber cómo actuar. Desde su posición es difícil discernir si este beso es iniciativa de su señora o un abuso por mi parte.

Aparto mi boca de la de Taska. Sus labios está manchados de rojo, y yo siento el sabor metálico de la sangre en el paladar. Escupo, sin soltar mi presa. La princesa clava las uñas en mi espalda. Cinco deidades, ¡qué mala costumbre de arañar tiene!

¡Cerdo presuntuoso! Ordenaré que te desuellen vivo.

¿Y crees que te obedecerán? –Taska queda desconcertada ante mis palabras. Río con malicia. Pobre idiota–. Si pides ayuda quedarás como una soberana débil, y dudo mucho que estos hombres quieran jugarse el cuello por una fulana que se deja magrear por cualquiera.

La princesa me maldice entre dientes, pero no contradice mis palabras. Sabe que tengo razón, y que la única manera de salir bien librada que tiene es aceptar mis condiciones y nombrarme xha. Sus uñas abandonan mi espalda y yo decido liberarla. Taska no dice una palabra. Se ahueca el cabello y se encara con sus guardias, que aún permanecen inmóviles, observándonos.

¿Es que acaso os he ordenado quedaros plantados ahí en medio, perros holgazanes? –Los guardias se ponen en marcha de inmediato, arrastrando con ellos al grupo de elfos cautivos–. ¡Ah! Y cuando hayáis terminado –añade mientras me señala–, quiero que deis orden al servicio para que prepare las habitaciones del nuevo xha.

Los soldados asienten y al pasar por mi lado me miran con sorpresa y desagrado. Suspiro de alivio, pasándome la mano por los cabellos. El gusano me mira. También él es consciente de que lo que acabo de hacer ha sido una absoluta imprudencia; si Taska no fuera tan insegura, en lugar de escucharme habría hecho que me cortasen la cabeza. Y éstos patanes habrían obedecido sin dudarlo.

Alzo los ojos hacia el remoto techo de la caverna bajo la que se ubica la capital. He tenido suerte esta vez, pero...

Taska tose sonoramente para llamar mi atención.

Bien, gran xha –dice con burla. ¿Existe alguna posibilidad (por remota que sea) de que ésta tía me dirija la palabra sin intentar humillarme? Joder, con lo bien que saben sus labios y la de veneno que suelta por ellos...–. Aunque no serás nombrado oficialmente hasta la coronación, eso no te exime de atender tus obligaciones. Y ya tengo un trabajito para ti.

No me gusta nada cómo ha sonado eso, pero tampoco estoy ahora mismo en condiciones de ponerme sibarita con el curro. No puedo ir tentando a Los Cinco cada poco. Su favor es caprichoso.

Estoy a tu servicio, princesa. ¿Qué deseas de mí? ¿Otro secuestro?

La princesa agita la mano.

Nada de eso. Me conformo con algo más sencillo: quiero que supervises personalmente el entrenamiento de los presos. Daré unos grandes juegos para mi coronación, y quiero que ofrezcan un buen espectáculo. Sobretodo los príncipes.

Arqueo una ceja. ¿Y por qué presupone que estoy capacitado para entrenar a alguien? ¿Es que acaso no tienen maestros en las mazmorras?

No puedo soltar a esa escoria élfica en la arena si asegurarme antes de que harán disfrutar al público –explica.

Pero son príncipes. Seguro que han sido entrenados.

Taska suelta un bufido desdeñoso.

Desde luego. En el arte del juego limpio. Y no es eso lo que los nobles quieren ver en la arena. Querrán sangre. Y sé exactamente cómo ofrecérsela. –Me sonríe, y un escalofrío recorre mi espalda–. Voy a crear un guerrero del préstamo, y tú te ocuparás de supervisar su correcto desarrollo.

Por un momento me quedo sin palabras. ¿Un guerrero del préstamo? ¿Es eso lo que ha dicho?

Pero eso son...

¿Leyenda? –me interrumpe. Asiento con lentitud–. Sí, eso creía. Pero estaba equivocada. –Sus dedos escarban entre los pliegues de su túnica hasta dar con un diminuto paquetito. Lo sostiene ante mí–. El té del préstamo existe, y con él podré traer a la vida a los luchadores de las leyendas.

Tras de mí, el gusano deja escapar un gritito aterrorizado. Contemplo a la princesa sin saber qué decir.

¡Traer a la vida, dice! Esta tía no debe ser consciente de qué es lo que tiene entre los dedos, porque si de veras en ese sobrecito hay té del préstamo, nuestra futura soberana acaba de resucitar a una plaga.

La observo juguetear con el paquetito, sonriendo como una cría pequeña ante un regalo especialmente ansiado. Frunzo el ceño.

¡Será gilipollas! ¿Qué parte de las leyendas se saltó cuando era niña? ¿Aquella en la que decía que los luchadores del préstamo se pudren hasta convertirse en cadáveres rabiosos que, además, muerden y envenenan a todo el que se cruza en su camino? ¡Cinco deidades! Está más loca de lo que yo creía.

¿Qué ocurre, Atron? –pregunta al ver mi semblante–. ¿Te queda grande tu nuevo cargo? ¿O acaso tienes miedo?

Me la quedo mirando sin responder.

¿Miedo? ¡Al contrario! Estoy encantado de ayudarte a traer de vuelta a la peor calamidad que ha tenido que enfrentar nuestro pueblo.

Taska palmea amistosamente mi hombro.

No te preocupes. Solo pretendo dárselo a uno de los príncipes. Cuando los juegos hayan terminado, si es que ha sobrevivido, lo quemaremos vivo. –Sus ojos brillan de emoción. Esta verdaderamente ilusionada–. Va a ser un espectáculo sin precedentes.

Trago saliva, imaginando la cara de los nobles cuando vean aparecer a esa criatura de pesadilla en la arena.

Va a ser un espectáculo sin precedentes, de eso no hay duda.



Epílogo de la primera parte

Veinte barrotes de hierro oxidado. Quince baldosas de piedra, cubiertas de moho, paja y una substancia viscosa que me niego a identificar. Somos cinco en la celda, aunque solo dos permanecemos despiertos.

El aire susurra a mi lado cuando Deuce se acerca, arrastrándose hasta quedar acuclillado a mi derecha. Esta serio, como siempre. Mira hacia la puerta de la celda, tal vez esperando que aparezca uno de los guardianes. Pierde el tiempo; las rondas son de veinte minutos. Ya lo he contado.

Quítate la ropa –ordena Deuce en un susurro. Me lo quedo mirando–. Vamos –me insta. Se le nota nervioso–. No tenemos mucho tiempo.

Obedezco en silencio, despojándome de la camisa y las calzas de lana. El frío de la celda me cala los huesos. Mientrastanto, Deuce se aproxima hacia otro de nuestros compañeros de celda y lo despoja de sus vestimentas. Me las lanza.

Ponte eso –gruñe, apoderándose de mi ropa.

Alzo el trozo de tela que acaba de entregarme. Una túnica grisacea.



Y hasta aquí hasta el mes que viene ^^

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¡Nos leemos!

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