Sub-Suelo (Parte 3)


Aquí os traigo la tercera entrega de Sub-Suelo, la serie por entregas de elfos zombis que los suscriptores reciben en su bandeja de correo electrónico el primer domingo de cada mes*.

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Ahí os lo dejo. Pensadlo, pero de momento disfrutad de la lectura ;)




Interludio

Mis pasos resuenan por el túnel de piedra, restos del antiguo circo romano. De día, la vieja Tarraco es para los hombres, pero cuando cae la noche las ruinas pertenecen a mi pueblo: los mal llamados elfos oscuros, pues salvo en las orejas, ningún parecido tenemos con esas alimañas de los bosques.

Llegas tarde —dice Atron a modo de saludo cuando me ve aparecer por el pasillo—. Todos te esperan... princesa.

La burla brilla en sus ojos dorados cuando me llama por mi título. Bufo con desdén, prefiriendo ignorarle. Él se percata y su sonrisa se hace más ancha. Señalo la pared con un gesto. Atron se acerca y sus pálidas manos tantean entonces la piedra hasta dar con un resorte. El suelo cruje y se abre, descubriendo las escaleras.

El descenso nos lleva apenas unos minutos en la más completa oscuridad, y cuando por fin abandonamos el último escalón nos encontramos en el corazón del Palacio, un coloso de mármol negro iluminado por fuegos azules. Atron me conduce hasta el balcón más cercano, desde donde se puede divisar el patio. Me asomo con cuidado.

Allí, resguardada tras los gruesos muros del castillo, se ha improvisado una gradería. Mi pueblo se agolpa en ella, y la algarabía propia de quienes esperan un gran suceso hace temblar las paredes del palacio. El clamor ensordecedor de la multitud me aturde, haciéndome retroceder. Servicial, Atron me sujeta por los hombros.

¿Te encuentras bien, princesa? —pregunta con fingido interés. Dioses, cómo lo detesto.

Perfectamente. —Lo aparto sin delicadeza alguna, encaminándome hacia la gran rampa que conduce al patio—. Vamos, mi pueblo espera.


***


No hay luz. No hay árboles. No hay nada salvo el incesante goteo del agua que cae periódicamente del techo. Nada, salvo la oscuridad.

Llevo dos millones trescientos cincuenta y ocho goteos aquí, sin más compañía que la de las escasas ratas lo bastante incautas como para adentrarse en este dédalo de jaulas. Sé que hay otros como yo, puedo oír sus respiraciones, sus gritos de angustia. Y también sus silencios.

Sonrío resignado. Ninguno de nosotros saldrá de aquí jamás.

En ese instante oigo pasos, y el crujir de las bisagras de una puerta al abrirse. Mi sonrisa se ensancha.


***


Cuando mi discurso termina el pueblo vitorea y grita enloquecido. Los puños golpean la madera de las gradas en una cacofonía atronadora que se vuelve inaguantable cuando los carceleros hacen su aparición en el patio, arrastrando al protagonista del espectáculo de esta noche. Lo escruto atentamente mientras lo arrastran hacia la tarima en la que estoy sentada.

El prisionero camina erguido, si bien mantiene la mirada baja. Su cuerpo, vestido con harapos, está marcado por el látigo de mis torturadores, y sus cabellos, otrora rubios y ondulantes, lucen ahora apelmazados y sucios, cayendo sobre su espalda con más bien poca elegancia.

Y sin embargo, sigue siendo hermoso.

Mis ojos se clavan en los suyos, de un verde intenso, cuando los carceleros lo obligan a arrodillarse ante mí. En su mirada no hay miedo, y eso hace que mi cuerpo se vea sacudido por un estremecimiento que conozco muy bien. Atron, tal vez percatándose, se agacha para susurrarme al oído.

¿Te agrada lo que ves, princesa? —Me encojo de hombros—. No finjas, sé en qué estás pensando. Esta noche, si así lo quieres, puedo satisfacer tu deseo.

Sus manos se deslizan discretamente bajo mi vestido, acariciándome. Lo fulmino con la mirada, pero eso, lejos de amilanarlo, lo empuja a seguir deleitándose en el tacto de mi carne. Un suspiro escapa de mi boca cuando los dedos de Atron rozan un punto especialmente sensible, solo entonces sus manos se retiran. Dioses, cómo le odio.

Indico con un gesto a los carceleros que cuentan con mi aprobación. Éstos asienten con una reverencia y se llevan al prisionero hasta el centro del patio, donde lo abandonan maniatado. Suena un cuerno, y las puertas por las que trajeron al preso se abren de nuevo, dejando entrar a mi mejor inversión. La multitud grita y aplaude al verlo aparecer.


***


Ese coloso avanza en mi dirección con paso impávido. El peso de su armadura parece no afectarle en absoluto, como tampoco lo hace el hacha que blande entre sus manos. Unas manos delicadas y blancas. Horrorizado, busco los ojos que se ocultan tras el yelmo. Unos ojos verdes como los míos.
Él es uno de nosotros.

Hermano... —murmuro cuando apenas unos metros nos separan, pero mi adversario no responde antes estas palabras.

Retrocedo al verlo alzar el hacha, y ésta se clava en el suelo de tierra. Mi rival recupera el arma sin esfuerzo y la blande de nuevo en mi dirección. Trago saliva. Ése no es un gesto aprendido en los bosques, no es así como lucha mi pueblo.

Apenas tengo tiempo de reflexionar al respecto cuando mi enemigo se lanza sobre mí. Me aparto, pero no lo suficientemente rápido para escapar del mordisco del arma. La sangre empapa la hoja del hacha y la carne desgarrada de mi brazo izquierdo mancha de rojo lo que queda de mis vestiduras.

Retrocedo cuanto puedo, hasta que mi espalda choca contra la tarima desde donde la bella princesa contempla impasible mi destino. Busco sus ojos con los míos, y ella responde a mi llamada. Nuestras pupilas bailan juntas, las mías pidiendo clemencia, las suyas instándome a luchar. Cree en mí. Piensa que puedo lograrlo. Es tan hermosa...


***


Perdido en mi mirada el incauto ni siquiera se percata de que su enemigo se acerca. Una sonrisa esperanzada aflora en sus labios, y sus ojos brillan confiados. Dos segundos más tarde su cabeza rueda por el suelo, aún con esa ridícula expresión marcada en el rostro.

Mi pueblo chilla cuando el coloso alza los restos del elfo con sus poderosos brazos, dejando que la sangre del infeliz le bañe la armadura. El liquido tiñe por entero la armadura de carmín. Con un grito bestial mi máquina de matar lanza los despojos de su rival hacia el público, que alza las manos para recibirlos.

A los pocos minutos la gradería sur es un frenesí de sangre y entrañas. Esta noche la cena les ha salido barata. Sonrío al ver feliz a mi pueblo y noto la mano de Atron sobre mi hombro, deslizándose para acariciar mi pecho.

Ha sido rápido —comenta, viendo cómo el coloso se retira de vuelta a las entrañas del Palacio.

Era un iluso —digo, observando la cabeza cortada del elfo, que aún me contempla desde el patio, esperando una misericordia que jamás llegará—. El de mañana será mejor.


***


Ya no se oyen pasos, ni quejidos, ni respiraciones. Solo queda el goteo. Y la oscuridad. Ahora estoy solo, aunque sé que no durará mucho esta calma, tal vez doscientos goteos más. Mis labios se curvan en una sonrisa que pronto deja paso a una sonora carcajada. Mi garganta se adolece ante el gesto, pero no por ello dejo de reír.
Cae otra gota. Bien. Ya falta menos.





Segunda Parte



Capítulo V


Lady Mhya se pasea por su habitación, un espacio circular ocupado por una cama y un armario cuyo contenido solo tiene por objetivo causar dolor. La mujer taconea de un lado para otro con la barbilla erguida. Sus ojos de víbora me observan de vez en cuando. Su disgusto es palpable. Y también el asco que le da tener que dirigirse a mí, como si eso la denigrara...

Y es que todo lo que rodea a la madame de El capricho de Sheshe está impregnado de esos aires de superioridad y condescendencia. El gesto de disgusto permanente, el taconeo constante... Todo destila ira y molestia.

Dime, niña —pregunta cruzándose de brazos—: ¿a cuántos de nuestros estimados clientes has atacado ya?

A todos los que se me han acercado —respondo sin un ápice de arrepentimiento.

Mis labios están partidos, mis costillas cubiertas de dolorosos hematomas. No hay parte de mi cuerpo que no haya sido tocada, vejada y maltratada contra mi voluntad. Lo mínimo que podía hacer por esas sucias ratas del subsuelo era devolverles el amable trato que me habían prodigado. ¡Y vaya si lo he hecho! El último que me visitó, por ejemplo, no podrá engendrar vástago alguno nunca más.

Exacto. —La madame vuelve a la carga—. Has sido una constante de pérdidas desde que llegaste, Idräna. A pesar del mimo con el que te hemos tratado, tú nos has pagado con violencia y agresividad.

Mis puños se crispan, pero opto por no responder. Ghibel me dijo una vez que no hay mayor victoria que saber qué batallas vale la pena luchar, y esta no lo vale. Lady Mhya lleva un puñal sujeto entorno a su pierna derecha. Yo solo tengo mis manos magulladas.

Tu conducta ha sido inaceptable en todos los aspectos —me sermonea, andando de un lado a otro de la habitación—. Raamik está muy disgustado contigo.

¿Conmigo o con la gran cantidad de dinero que ha tenido que soltar como indemnización para sus pobres clientes? Giro la cara, ignorando por completo su interminable perorata.

Por ese motivo —dice, y una horrible mueca a medio camino entre la sonrisa y el odio aflora en sus viperinas facciones— ha decidido venderte. Serás entregada a las arenas de palacio, donde sabrán valorar esa propensión tuya a la violencia.

Las arenas.

Allí fue donde el cabrón de ojos dorados dijo que llevaba a los príncipes. Observo atentamente a lady Mhya, que sigue relatando sobre mi díscolo comportamiento sin apenas mirarme. Debo ir al palacio, pero no puedo hacerlo como esclava. Las velas arrancan destellos a la hoja del puñal de la madame y una idea suicida cruza por mi mente. Sé que es arriesgado, pero tampoco tengo muchas más opciones.

Tenso mis músculos y espero a que lady Mhya cometa la imprudencia de darme la espalda. Sé que lo hará. A pesar de tenerme desatada, su altanería le impide verme como un peligro. Para ella solo soy un perro, y parece haber olvidado que hasta el más manso de los canes es capaz de morder.

En cuanto se gira me lanzo sobre ella, haciéndola caer al suelo y apoderándome de su cuchillo. Es pequeño, pero mejor esto que no tener nada. Lady Mhya me mira desde el suelo, aturdida e incrédula.

Maldita puta...—masculla, trantando de levantarse.

No se lo permito. El tacón de mis zapatos se clava en su costado, haciéndola caer con un chillido de dolor. Sonrío por primera vez en mucho tiempo. Ni siquiera me preocupa que grite. Nadie vendrá. Es demasiado usual oír gritos en las estancias de la madame como para preocupar a alguien.

Trato de sujetarla antes de que pueda intentar ponerse en pie de nuevo. Pero lady Mhya es rápida y me empuja, haciéndome caer al suelo. Me golpeo contra la pata de la cama y dejo escapar el cuchillo. Sin darme tiempo a reaccionar, la madame me agarra de la pechera, izándome. Sus huesudas manos me anclan contra la pared.

Asquerosa —escupe. Sus manos reptan hacia mi cuello, apretando—. ¿Cómo has osado siquiera levantarme la mano, perra?

El aire abandona mi cuerpo. Boqueo. No puedo respirar. Pataleo con fuerza. Araño sus manos, pugnando por liberarme. Me ahogo. No puedo respirar. Lady Mhya sonríe. Aumenta la presión en mi cuello. No puedo respirar.

Caigo al suelo y abro la boca, aspirando una larga bocanada de aire. Toso, aún desconcertada. Las manos ya no están. Miro a mi alrededor, confusa y aturdida. Y entonces la veo. Una pequeña figura de cabellos plateados que sostiene entre sus manos los restos de una vasija rota. Y a sus pies lady Mhya, desmadejada y cubierta de lo que parecen polvos de maquillar.

¿Qué...? —Su rostro me resulta familiar, pero no soy capaz de ubicarla.

Deberías salir de aquí —me insta antes de que pueda preguntarle.

La joven corre hacia un baúl que descansa bajo la única ventana de la estancia y empieza a rebuscar. Echo una ojeada a la madame antes de acercarme a ayudarla.

Los hombres de palacio están abajo —explica, dándome cuerda y un saco—. Mejor ponte esto. —Me da uno de los vestidos con capucha de lady Mhya.

La muchacha coge la cuerda y se arrodilla ante lady Mhya. Ata sus muñecas sin perder un minuto, luego la amordaza con un paño y cubre su cabeza con el saco. Sus ojos se cruzan con los míos.

Vamos, no tienes mucho tiempo —apremia.

No sé qué es lo que se propone, pero decido obedecerla. La ropa de la madame me queda un poco grande, pero es cómoda y la capucha cubre mi rostro por entero. La joven asiente satisfecha.

Sí. Funcionará —asegura. Me da la espalda y se acerca a lady Mhya—. Ven, ayúdame a llevarla abajo.

¿Abajo?

La muchacha suelta un bufido y me mira como si fuese idiota.

Los hombres de Gil-adana esperan para recoger a una esclava. —Señala a la desmadejada madame—. Ella.

Vacilo, y mi salvadora suelta un bufido contrariado.

Es ella o tú —espeta—. Entrégala y podrás largarte de aquí.

Frunzo el ceño.

No sé quién es esta chica, ni por qué ha decidido ayudarme. No me fío de ella, y mucho menos de sus ideas suicidas. Entregar a lady Mhya... ¡Como si los hombres que esperan abajo fueran idiotas!

Se oyen voces en el piso inferior. Voces graves que preguntan por lady Mhya. La joven y yo intercambiamos una mirada.

Voy abajo —anuncia—. Tú decides lo que haces.


Capítulo VI

Fue un absoluto fracaso —sentencia Taska, apurando su copa de un trago nada elegante.

La observo en silencio. Sería imprudente por mi parte abrir la boca sabiendo que está cabreada. La princesa tendrá muchas virtudes, pero no la del buen temperamento.

Taska se levanta del sillón y se coloca ante las llamas de la chimenea que caldea las estancias. Mis estancias. Una sonrisa aflora en mis labios mientras paseo la vista por los lujosos muebles, las espléndidas telas y los intrincados tapices que cuelgan de las paredes. Ah, todo huele a dinero. A éxito.

¡¿Me estás escuchando, pedazo de imbécil?! —ruge la princesa.

Adiós a mi momento de auto-complacencia...

Sí, mi señora. Pero...

¿Pero? —Me sonríe con ira contenida—. No hay peros, mi querido xha: me prometiste un espectáculo. Y lo de ayer fue vergonzoso. —Resopla—. Ni cinco minutos en la arena, Atron. Ni cinco. Eso no puede volver a repetirse.

Asiento.

No sucederá.

Más nos vale. Porque sino tu cabeza y la mía decorarán la muralla de la ciudad mientras mi amado primo posa su indigno culo en mi trono.

Trago saliva. La perspectiva no es agradable, la verdad, pero tampoco puede echarme a mí la culpa de todo. Es ella quien ha querido reservar el combate entre los dos príncipes para hoy. Yo no tengo la culpa de que el asqueroso campesino de la semana pasada ni siquiera intentara luchar...

Voy a las mazmorras a ver al paliducho —anuncia la princesa, echando a andar hacia la puerta.

La túnica le hace un culo precioso. Me relamo mientras me deleito en tan grata visión hasta que me percato de que ella también me observa. Y con el ceño fruncido. Genial: ahora quiere que le haga de perrillo faldero...

Dejo escapar un gruñido de fastidio, pero me levanto del cómodo diván y la sigo por los interminables pasillos arrastrando los pies.

Las celdas se hallan en la otra punta del palacio. Hay que cruzarlo entero, salón de audiencias incluido, para llegar a las angustiosas escaleras de caracol que llevan hasta los sótanos. Estoy de ese trayecto hasta los cojones. Y lo peor de todo es que, por muchas veces que lo haya recorrido, aún no me acostumbro a la claustrofóbica sensación de descender esos sesenta peldaños desgastados. Por eso siempre llego abajo más blanco que de costumbre y con la frente perlada de sudor.

Y hoy no iba a ser una excepción.

Taska me dirige una mirada despectiva mientras el jefe de guardias nos conduce por un largo corredor con celdas vacías a ambos lados. Casi al final del pasillo nos encontramos con dos guardias que empujan a una mujer con la cabeza cubierta hacia en interior de una de las celdas.

¿Qué diantres hacéis? —inquiere nuestro guía.

Perdón, jefe —responde uno de los hombres—. Es la puta de El capricho de Sheshe. Lady Mhya nos la entregó esta tarde.

La princesa se acerca para observar a la prisionera a través de los barrotes. Se cruza de brazos.

Creía que era una elfa —dice sin dirigirse a nadie en particular.

Nosotros también, mi señora —responde el hombre—. Pero solo era un truco de Raamik. La empolvaban y usaban un nombre elfo para atraer a los clientes.

Además, mi señora, los del burdel nos han engañado —añade el otro guardia—. Nos la han cobrado cara y la puta esta delira. Lleva todo el camino murmurando que es un error, que ella es lady Mhya.

Entiendo —murmura Taska, perdido ya el interés por la cautiva.

Continúa su camino por el corredor en penumbra. El jefe de guardias y yo la seguimos hasta que se detiene ante una de las últimas celdas. Nos acercamos. Arrinconado como una alimaña, el harapiento príncipe elfo se abraza las rodillas mientras murmura.

Aguzo el oído para desentrañar sus palabras, pero lo que dice no tiene ningún sentido. Sacudo la cabeza y cruzo una mirada con la princesa. Tampoco ella parece encontrar lógica alguna a los murmullos del preso.

¿Hace mucho que está así? —pregunta a nuestro guía.

El hombre hace un gesto vago.

Diría que desde que llegó, mi señora —dice—. Al principio contaba las losas del suelo. Luego las piedras de las paredes. Ahora creemos que cuenta las gotitas que caen desde el techo. —Suspira—. Debe haber perdido la razón.
Taska escupe con desprecio.

Qué poca entereza para un miembro de la familia real. Será por los gritos de su hermano —deduce con una sonrisa. Se gira hacia el guardia—. ¿Dónde está?


***


La gente se agolpa en las gradas, expectante. Los observo chillar desde la tribuna, sentado junto a Taska. Es una auténtica marea de voces, y sin embargo aún es patente la desigualdad entre gargantas. Los espectadores del gallinero son los que demuestran mayor entusiasmo, vociferando hasta quedar afónicos, golpeando las gradas con los pies para demostrar su impaciencia. Supongo que es una forma de compensar su falta de estatus. La primera fila en cambio es el reino de los murmullos y los gestos adustos.

La nobleza en pleno de la Capital mostrando su descontento con miradas de hielo y semblantes de piedra. Qué agradable visión.

Echo una vistazo a Taska. No parece en absoluto inquieta por el desagrado de sus compañeros de estamento. Al contrario. Sonríe, y hasta se permite saludar con la mano. Vaya criaja provocadora (y lo que me pone esa actitud, joder).

Suena el cuerno, y las puertas se abren para dejar paso a los carceleros. La multitud enloquece al ver aparecer a la víctima de hoy: un joven vestido con una túnica harapienta que mira a su alrededor con una mezcla de fascinación y desconcierto.

¡He aquí al príncipe! —anuncia Taska poniéndose en pie—. Hoy Su Alteza se enfrentará a la sangre de su sangre en un combate a muerte para vuestro deleite. —El público aguanta la respiración. Un. Dos. Tres—. ¡Qué empiece el espectáculo!

Vuelve a sonar el cuerno, y el público contiene la respiración. Un rumor de pisadas se eleva desde el túnel, resonando contra las paredes del castillo. Las maderas de la gradería crujen. El príncipe elfo gira la cabeza. Los carceleros se apresuran a guarecerse tras las barreras de seguridad. Entonces el coloso entra en la arena.

Un rugido gutural brota de su garganta cuando alza el hacha de combate, haciendo chirriar el metal de su pesada armadura. Mira a lado y lado, chorreando baba sobre el suelo de tierra. Ajj... Qué puto asco da esa criatura.

Taska me sonríe.

Ha sido una gran idea inyectarle otra dosis de té, ¿verdad?

La bestia no deja de rugir. Abre y cierra la boca, como una de esas asquerosas pescadillas de los lagos inferiores. Tiene los ojos, antes verdes, inyectados en sangre; completamente desenfocados. Sus manos están hinchadas, se le marcan las venas del cuello. Parece a punto de reventar.

Creo que ha sido de todo menos una gran idea.

Oigo una nueva oleada de gritos de excitación. Al parecer, el coloso ya ha descubierto a su nueva presa. Con un prolongado aullido se lanza sobre ella. El príncipe se encoge, como si así pudiese evitar el ataque. Pobre infeliz.

Espero que esta vez sea mejor que la anterior —comenta Taska.

Asiento.

Los chillidos de excitación se tornan un murmullo de sorpresa. Giro la vista hacia la arena justo a tiempo para ver aterrizar en ella a una figura con capucha. Al principio creo que se trata de un espectador imprudente, pero entonces la figura retira su capucha, revelando una densa y hermosa cabellera rojiza.

Quedo de piedra al reconocerla. ¡Es la zorra a la que vendí a principios de ciclo! ¿Pero cómo coño ha llegado hasta aquí?

Taska me sacude el hombro con violencia. Ya no sonríe. Su rostro es la viva imagen de la contrariedad. En la arena, la bestia vocifera llena de furia mientras la joven se interpone entre ella y el príncipe elfo. Vaya estampa.

¡... pedazo de mierda! —me increpa Taska, empujándome—. ¡Haz algo antes de que se cargue el espectáculo!

Miro a la princesa, que señala la arena con gestos violentos. Luego dedico una ojeada a las gradas, donde los nobles de la ciudad sonríen con malicia. Ahora sí parecen disfrutar del espectáculo. O de la desgracia de Taska, según se mire. En especial hay un joven que se lo está pasando en grande. Un muchacho que se aplaude con entusuasmo justo al lado de Isode. Así que ese emperifollado es el primo de la princesita...

¡Ya, Atron! —ladra Taska, al borde de un ataque de nervios.

Por su parte el público se debate entre la frustración y las ganas de ver sangre. Para algunos, la muchacha elfa es un añadido al sangriento espectáculo. Para otros, una imperdonable intromisión que demuestra la incapacidad del nuevo gobierno. Y todo esto a horas de la coronación.

¡YA!

Los brazos de Taska me arrastran del asiento y me empujan con violencia. Trastabillo y pierdo el equilibrio. Noto la caída. Luego la arena en la boca. Me levanto justo a tiempo para ver cómo el coloso gira su cabezota en mi dirección. Ruge con ansia.

Oh, mierda.



Y hasta aquí la tercera entrega. Si la curiosidad por saber cómo continúa no te deja dormir, recuerda que puedes suscribirte para recibir próximamente la cuarta (y última) entrega.

* A votación popular la entrega se retrasa:


Si no te suscribes, te tocará armarte de paciencia y esperar hasta el mes que viene.

¡Nos leemos! ^^

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