Sub-Suelo (Parte 4)


Aquí os traigo la cuarta entrega de Sub-Suelo, la serie por entregas de elfos zombis que los suscriptores han recibido en sus bandejas de correo electrónico el primer domingo de cada mes.

Ellos han disfrutado ya de la historia completa, pero por motivos de longitud la parte restante en el blog será publicada en varias entregas durante este mes.

Así que tranquilos, que para diciembre ya la habréis terminado. De momento disfrutad de la lectura ;)





Capítulo VII

El coloso se tambalea, ruge y avanza decidido en nuestra dirección. A cada paso que da el suelo tiembla bajo nuestros pies. Y por si con eso no hubiese bastante, el hijo de puta de ojos dorados ha tenido la genial idea de saltar a la arena. Empujo al príncipe hacia atrás, interponiéndome entre él y esa cosa que antaño fue uno de los nuestros.

No temáis alteza, os protegeré —le aseguro, aunque no sé bien cómo voy a hacerlo.

Idräna... —musita. Su voz está quebrada, sin fuerzas.

Por un momento me parece la voz de Caren, pero sé que eso no es posible. Caren debió morir, igual que mi hermano. Sacrificados en esta misma arena para complacer al odioso público que ahora nos vitorea. Qué asco...

El príncipe y yo retrocedemos lentamente, hasta que nuestra espalda choca contra la puerta de las mazmorras, ahora cerrada. Tras ella se esconde el horror, pero en estos momentos preferiría mil kilómetros de celdas oscuras a un segundo más frente a esa bestia hedionda y babeante.

Idräna... yo no soy...—murmura el príncipe.

El coloso cada vez está más cerca. El suelo tiembla. Las voces del público restallan mi cabeza con la misma fuerza con que las olas rompen contra los acantilados. Desearía poder taparme los oídos, pero en lugar de eso extraigo el puñal que arrebaté a lady Mhya y lo blando ante el gigantes que se acerca.

Mi gesto es tan vano como desesperado. Sé bien que un arma de esas dimensiones poco puede hacer contra el cuerpo hinchado de la bestia. Sus ojos inyectados en sangre se clavan en los míos. ¿Quién fuiste?

Se oye un repiqueteo metálico. El coloso ladea la cabeza, gruñe y da media vuelta.
Sigo la dirección de su mirada y veo al pálido de pie, sosteniendo una ridícula y herrumbrosa espada. Desde la tarima, la soberana (o futura soberana, por lo que he podido entender) lo increpa con violencia. No entiendo qué es lo que dice, pero resulta evidente que espera que el de los ojos dorados haga algo. ¿Pero qué?

El príncipe me tira de la manga para llamar mi atención.

La puerta —dice—. Hay que derribarla.

¿Derribarla?

Sí, claro. Lástima que no contemos con un ariete para echarla abajo, por lo demás es una idea magnífica. Lo miro con compasión. El príncipe tiembla y balbucea como un anciano decrépito. Pobre hombre. No sé qué es lo que habrá vivido estas últimas semanas, pero le ha minado el juicio.

La puerta —repite, y sus ojos se clavan en mí. No hay atisbo de locura en ellos, son limpios y decididos. Como los de Caren—. Hay que atraerlo hacia la puerta.

Miro al gigante y luego al escuálido príncipe sin saber qué hacer. No me atrevo a poner en marcha su idea suicida y arriesgar así su vida.

¡Eh, tú! —grita entonces el príncipe, saltando para llamar la atención de la bestia. El coloso se gira lentamente—. ¡Ven aquí, Deuce!

El mundo se detiene a mí alrededor. El príncipe vocifera sin que yo pueda entender lo que dice. La bestia ruge, pero ningún sonido llega a mis oídos.

¿Deuce?


***


¡Cinco deidades, cómo lo odio!

El cretino de Atron sujeta la espada con la misma determinación que una rata. Le tiemblan las manos, y en lugar de cargarse a la perra élfica, retrocede acojonado ante mi criatura. Vaya una mierda de xhá...

No pinta bien ¿eh, querida?

Me giro para encontrarme cara a cara con la última persona a la que desearía tener que ver. Zazthe. Y junto a él la traidora de mi madre, con su asquerosa túnica arrastrando por el suelo de la tarima. Les dedico una mirada de absoluto desagrado. ¿Para qué molestarse en disimular?

Como era de esperar, tu perro pálido no ha estado a la altura —señala mi madre con la vista fija en la arena—. Qué despropósito.

Me encojo de hombros.

El público lo disfruta. —No tengo intención de defender a Atron, pero criticarle a él es cuestionar mi forma de gobierno. Y eso sí que no lo toleraré.

Puede. Pero ¿qué importa el populacho y su diversión comparado con el favor de las grandes familias? —pregunta Zazthe con esa vocecita meliflua que me saca de quicio—. Deberías ir pensando en hacerte a un lado, querida prima.

¿Para que te aposentes en el trono de mi padre? Ja. Muy gracioso.

Sería lo más sensato —interviene mi madre—. Aún no te has coronado y ya estás deshonrando el nombre de los Gil-adana. Un xhá mestizo. La recuperación del té del préstamo. Y ahora esto: una elfa campando entre nosotros, irrumpiendo en nuestros espectáculos como si nada. Es bochornoso.

Míralo de esta forma, Taska —dice el gilipollas de mi primo—. Si me cedes a mí el gobierno por voluntad propia mantendrás todos tus privilegios. Y hasta ocuparás el cargo de xhá —añade—. Si no... Bueno, digamos que pondré todo mi empeño en derrocarte. Aunque, a juzgar por lo que he visto, tal vez no sea ni necesario el esfuerzo —añade con otra de sus deslumbrantes sonrisas.

Rechino los dientes.

¿Osas burlarte de mí?

Si no te pusieras tan en evidencia no lo haría, querida —susurra la harpía a la que los dioses designaron como mi madre.

¿Por qué no vuelves a tu templo a follarte a alguna novicia, Isode? —espeto con toda la rabia que puedo.

Mi madre frunce los labios, mostrando los dientes. Zazthe se apresura a interponerse entre nosotras. Alza las palmas, llamando a la conciliación. Pero yo no tengo ganas de treguas, y mi progenitora parece tan poco proclive a la paz como yo.

La multitud deja escapar un grito de alarma, seguido por un potente golpe que hace que me retumben los oídos. Mi primo se acerca al borde de la tarima y yo le imito a tiempo para presenciar una escena insólita.

Los dos elfos incitan con gestos grotescos al coloso, y este se lanza sobre ellos con una fuerza brutal, estrellándose contra la puerta que da a las mazmorras y astillando la madera a cada embiste mientras los elfos escapan indemnes, corriendo a su alrededor como pulgas de cabello largo.

Busco a Atron con la mirada y lo localizo justo en la otra punta de la arena. Tiembla apoyado contra los gradas con la espada en las manos. De tan lejos cuesta asegurarlo, pero diría que una mancha oscura está tomando forma en sus pantalones.

¿Pero qué coño...? —digo, y de repente siento un dardo helado en el estómago que me deja sin aliento.

Bajo la mirada para ver cómo la sangre empieza a empapar mi túnica. Giro la cabeza para ver a Isode a mi espalda, con la daga ritual bañada en rojo.

Te lo dije —susurra Zazthe, agarrándome por los hombros mientras hunde en mí su propio acero—. Todo mi empeño... —Retuerce el arma—. En derrocarte.



Capítulo VIII

La puerta está astillada. Los refuerzos de hierro se doblan. Los clavos han saltado hace tiempo. Pero el coloso sigue embistiendo, respondiendo con gritos y violencia a las provocaciones del príncipe.

Pero nada de esto me importa.

El corazón me late a toda velocidad y apenas si puedo respirar. Me muevo por inercia, esquivando los golpes sin perder de vista a la criatura a la que el príncipe a llamado Deuce.

¿Es él? ¿Este ser es mi hermano?

Quiero preguntar, saber qué ha ocurrido, dónde están el resto de los secuestrados, si es que han sobrevivido. Pero no es momento de desperdiciar mi aliento en preguntas cuya respuesta puede esperar.

En la otra punta de la arena, el pálido trata por todos los medios de pasar desapercibido. A pesar de ir armado, se mantiene con la espalda pegada a las gradas, y hasta juraría que intenta respirar lo menos posible.

El público grita asombrado y el coloso se vuelve hacia la tarima. Giro la cabeza justo a tiempo para ver caer a una figura lujosamente vestida. Desde arriba, dos nobles sonríen y alzan las manos. Los gritos del público se convierten en aclamaciones y vítores.
Olvidándose por completo de nosotros, la criatura corre en dirección a la tarima y se abalanza sobre el bulto. Cuando lo alza por encima de su cabeza, aullando como un depredador tras la caza, reconozco en ese fardo elegante a la soberana de los monstruos del subsuelo. El clamor del público se intensifica.

No entiendo nada.

El coloso parte en dos a la soberana, bañándose en sangre. Sacude ambas mitades del cuerpo y salta, chapoteando alegremente en el charco rojizo que se va formando a sus pies. El público enloquece, silba y aplaude.

No entiendo nada.

Política —susurra el príncipe. Se acerca de nuevo a la puerta, casi destrozada—. Hay que irse de aquí. Ahora.

Dicho esto se lanza contra la puerta de madera y empuja. Yo lo imito. Aprieto los dientes mientras golpeo la madera, que cruje y protesta, con mi hombro derecho. Los músculos me arden, el sudor empapa mi espalda, los pies resbalan sobre la arena. Pero no me detengo.

¡...y vuestra será la gloria! —oigo vociferar a uno de los nobles—. Traed sus cabezas, y seréis recompensados. —El príncipe empuja con más ahínco, arañando su piel contra la madera astillada—. Matad a la aberración y seréis el nuevo xhá.

¿Aberración? ¿Así es como llaman aquí a los híbridos?

Doce empujones... más —susurra el príncipe. Tiene los puños crispados y el sudo le chorrea por la frente, obligándole a cerrar los ojos.

Parece a punto de desfallecer. Y aunque las hojas empiezan a separarse, no sé si lograremos moverla. Desde las gradas empiezan a lanzarnos cosas. Piedras, fragmentos de metal, desperdicios... Nos abuchean, y los menos prudentes saltan desde las gradas a la arena blandiendo dagas y espadas cortas.

Una sombra se coloca a mi lado y empuja la puerta con todas sus fuerzas. El pálido. El mismo hijo de puta que atacó Aka-nhû, que nos vendió, ahora empuja con la desesperación de una rata cobarde la misma puerta que yo. La situación, aún siendo la menos propicia, tiene algo de poético.

No puedo evitar sonreír ante su suerte.

Él se percata y resopla, embistiendo la puerta una vez más. A mi izquierda, el príncipe gime de dolor mientras sus manos separan con esfuerzo las hojas de la puerta. Corro a ayudarle y logramos que ésta se abra lo justo para permitir el paso de un hombre de perfil.

Me escurro hacia el interior, tirando del príncipe. El pálido cruza la puerta justo detrás de nosotros y vuelve a cerrarla desde dentro junto antes de que el primero de nuestros perseguidores la alcance, sumiéndonos en la oscuridad.

¿Puede saberse cómo coño lograste escapar del burdel, zorra? —inquiere el pálido de mierda.

No puedo verle, pero sí oírle. Respira entrecordamente en algún punto a mi derecha. Retrocedo, sosteniendo aún la mano del príncipe. Que no le tenga miedo no significa que vaya a pasar por alto que sigue armado.

Por la misma puerta por la que tú me hiciste entrar —respondo.

Bien, bien. ¿Y en lugar de fugarte a tu maldita ciudad tenías que venir a destrozarme la vida, no?

Fui a liberar a mis príncipes. Que decidieran darte caza como a una alimaña no es asunto de mi incumbencia.

El pálido chasquea la lengua. El suelo cruje bajo la suela de sus botas cuando se aproxima hacia nosotros.

Morena mía, voy a contarte hasta diez. Y si sueltas una sola insolencia más, te...

No soy morena. Y mucho menos soy tuya —espeto.

Oh, disculpe usted, pero el ver a oscuras aún no me permite distinguir los colores.

Ah, que el cabrón este ve en la oscuridad. Genial...

Entonces puedes sacarnos de aquí —dice el príncipe, soltándose de mi mano.



Capítulo IX

¿Sacaros de las mazmorras? —inquiero. ¿Pero qué se ha creído este tío?—. ¿Y por qué debería hacerlo, asqueroso elfo?

¡No hables en ese tono al príncipe! —suelta la tipeja de muy malos modos.

Cinco deidades. El carácter de esta tía es digno de estudio. Si ha sido así de agradable en el lupanar, no me extraña que haya podido salir. ¡La habrán echado ellos mismos!

Hablaré como me salga de los cojones, zorra.

¡Vuelve a llamarme así y desearás regresar a la arena, pálido de mierda!

La elfa se acalora y crispa los puños. Pero qué buena está cuando pone esa cara de cabreo, joder...

Basta —interviene el príncipe—. Ya es suficiente. Idräna —dice girándose hacia su compañera—, yo no soy ningún príncipe. Solo soy yo. Caren.

La tipa queda traspuesta ante las palabras del elfo. Pobre idiota, aún no se ha dado cuenta de que su futuro soberano delira más que una vieja viuda.

No es posible... ¿Caren?

El elfo afirma con la cabeza.

Nos cambiamos la ropa, Deuce y yo. En las mazmorras. Fingimos ser los príncipes para protegerles. —Baja la cabeza—. Pero salió mal. Nos equivocamos y se los llevaron a ellos primero.

¿Llevarlos? ¿Entonces están vivos aún?

No. A Deuce le dieron algo, una especie de té. Cambió. Se volvió una bestia. Le arrojaron a los príncipes creyendo que éramos nosotros. Están muertos, Deuce... Él los mató.

Por unos instantes nadie osa abrir la boca. La dicha Idräna por estar aún en shock, yo por no ser capaz de digerir lo que acaba de decir este tío.

A ver si lo he entendido. ¿Me estás diciendo que nos disteis el cambiazo con los príncipes.

Así es —reconoce, y yo no sé si estrangularlo o aplaudirlo por su temeridad—. Fue idea de Deuce. Dijo que así salvaríamos a nuestro señores. Pero nos equivocamos.

Entonces mi hermano... —murmura Idräna, mirando en dirección a la puerta—. ¿Cuánto tarda en pasar el efecto, Caren?

¿Efecto? —el tal Caren parece confundido—. No hay ningún efecto, Idräna. Está así desde que le dieron eso. Y cuanto más té le dan, más monstruoso se vuelve.

Pero tiene que haber una cura. Alguna poción. Algo.

La única cura que hay es la muerte, muñeca —intervengo.

La elfa se gira hacia donde cree que estoy. Tiene el ceño fruncido, pero los ojos le brillan y su labio inferior tiembla. Parece a punto de echarse a llorar.

¿Y cómo sé que no me mientes?

Me encojo de hombros.

¿Y qué ganaría mintiéndote? —Me paso la mano por los cabellos—. Si tu hermano es el monstruo de ahí fuera, yo en tu lugar me olvidaría de él. Taska, la muerta —añado para ubicarlos—, tuvo la genial idea de darle té del préstamo. Y para esa substancia no hay cura.

¿Cómo estás tan seguro?

Porque si la hubiera, elfita incrédula, la última vez que alguien tuvo la ocurrencia de utilizarlo no habría muerto más de la mitad de la población de la Capital.

Idräna frunce el ceño. No le ha gustado mi respuesta, pero tampoco se atreve a replicar.

¿A tantos envenenaron? —se interesa el falso príncipe.

Ja, cualquiera diría que le preocupa lo que ocurrió...

Fue por contagio —explico—. Los efectos del té del préstamo pueden trasmitirse por intercambio de fluidos. El más mínimo contacto y en dos horas te vuelves como esa cosa de ahí fuera. —Se hace el silencio—. ¿A ninguno de los presentes les ha mordido, no?

No les da tiempo a responder. Se oye un crujido de madera y la puerta cimbrea. Está a punto de abrirse de nuevo. Desde fuera se oyen voces, los gritos de nuestros perseguidores y los aullidos de la bestia.

¡Que cabrones! Están usando la misma técnica que nosotros para echar la puerta abajo.

Hay que moverse —determina la elfa en tono firme. Vaya eminencia...

Observo la red de túneles que se abre ante nosotros. A parte de las celdas, existen varios caminos que conectan con una red de galerías que llevan fuera de la Capital. Y si no me falla la memoria, hay uno que conduce directamente a Kalifëer. Si me doy prisa, puede que logre llegar antes de que empiecen a buscarme allí.

Pero primero tengo que deshacerme es estos dos desgraciados.

Con todo el sigilo de que soy capaz me deslizo en dirección a los túneles. Paso junto al elfo, que contempla la puerta con preocupación. La madera vuelve a crujir, y una nube de polvo y astillas vuela hacia nosotros. El polvo se me mete en la nariz, haciéndome estornudar.

Idräna se gira al oírme, y antes de que me de tiempo de echar a correr hacia los túneles me detiene, sujetándome por la muñeca. Puta elfa, ¡pero si a oscuras no puede ver!

Forcejo para que me suelte, y lo único que consigo es terminar contra el suelo, sin mi espada, y con la tipeja esta sentada cómodamente en mi espalda. En otras circunstancias hasta disfrutaría con esto. Pero ahora no.

¿Adónde mierda creías que ibas, eh, cabrón?

¿Tú qué crees? No pienso quedarme aquí para que me desollen vivo.

Fantástico. Nosotros tampoco —responde ella con el mismo tonito impertinente que usaba Taska. ¿Es que todas las mujeres que me rodean tienen que tener un carácter de mil demonios o qué?—. Y visto que todos tenemos el mismo objetivo, que es huir, tú nos sacarás de aquí.

Ah, no. Por ahí sí que no voy a pasar. Una cosa es que coopere para abrir una puerta, y otra muy distinta que vaya a acceder a servirles de perro lazarillo a este par de infraseres de la superficie.

No lo haré.

Lo harás —asegura ella, acercándome una hoja de metal al cuello.

La puerta cruje nuevamente, combándose hacia adentro.

Ya basta, Idräna —dice Caren—. Déjalo.

La tipa se crispa sobre mí.

Si lo suelto huirá.

No lo hará —asegura.

Vaya, ahora el puto elfo de mierda sabe lo que voy a hacer y lo que no...

Idräna masculla entre dientes, pero retira su arma y se baja de mi espalda. Me levanto, dolorido y cubierto de polvo. El elfo se acerca a nosotros.

Apelo a tu sangre —dice.

La sangre se me hiela al oírlo pronunciar esas palabras. ¡Los Cinco lo revienten en mil pedazos! ¡Una puta apelación! ¡¿En serio?!



Capítulo X

Las palabras de Caren me dejan helada. ¿Una apelación de sangre? ¡Pero qué disparate!

¿Apelas a la sangre de un esclavista y un explotador? —pregunto—. ¿Eres consciente de lo que acabas de hacer, Caren? ¿Te das cuenta de que le has perdonado de golpe todas sus ofensas?

¿Se te ocurre otra forma de que nos ayude?

El pálido carraspea.

¿Y si me paso por el forro de los cojones vuestra apelación, qué tal?

No puedes hacer tal cosa —dice Caren—. Es un compromiso ineludible. Hasta en este reino se acepta como tal.

En primer lugar —replica el pálido—: en este reino las apelaciones son tan escasas como el celibato, así que el respeto hacia las mismas es discutible. En segundo lugar, aún en el caso remoto de que fuesen de obligado cumplimiento, no tengo por qué acatar la tuya.

¿Y eso por qué? —inquiero.

Oh, un simple error formal, preciosa —explica el pálido en tono arrogante—. No ha usado mi nombre, y dado que lo desconoce...

Apelo a tu nombre, Atron el Sin Casta.

Me giro hacia Caren. Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la penumbra puedo ver claramente cómo el rostro del pálido se contrae en una mueca rabiosa. Respira pesadamente, con los hombros hacia adelante. Y de repente se relaja.

Su rostro se convierte en una mueca a medio camino entre la sonrisa y el llanto. Con calma, se pasa una mano por los cabellos y deja escapar un gruñido que más parece una risa áspera.

Manda cojones la cosa —dice, arrastrando las palabras—. Sesenta putos años esperando, traficando con niñatas vírgenes... Todo para obtener la apelación de los míos. Y ahora va el elfo de mierda y en menos de cinco minutos me reconoce como miembro de su pueblo. —Ríe, y el dolor impregna esa carcajada seca—. ¡Es hilarante!

Quizá te equivocaste de raza —sugiere Caren.

No lo entiendo. Parece que se compadece del tal Atron, como si le supiese mal que haya vivido casi toda su vida dedicado a la trata de blancas. ¡Es ridículo! Este pálido de mierda no merece compasión alguna. Por mucho que se excuse diciendo que solo buscaba aceptación, hizo lo que hizo por voluntad propia y para mí el fin no justifica los medios.

Tanto da eso —dice el pálido, girándose hacia las grutas—. Vamos.


***


Llevamos ya un buen rato recorriendo los túneles, siguiendo los pasos del pálido, cuando oímos el sonido de la puerta estallar en mil pedazos. Y gritos. Muchos gritos que resuenan a varios metros por detrás. Apresuramos el paso.

En una hora llegaremos a la bifurcación —había dicho Atron—. Tomaremos la ruta de la izquierda y llegaremos a mis dominios antes de que salga el sol en la superficie.

El camino es sinuoso e irregular, con giros inesperados y pronunciadas pendientes que aparecen de la nada. En ocasiones hay que rodear bloques de piedra caídos, en otras, avanzar pegado a la pared para evitar precipitarse a vacío en uno de los innumerables fosos que aparecían de la nada. ¿Qué ocurriría si nos perdíamos?

Caren ni siquiera parece planteárselo, avanza delante mío, siguiendo a Atron con paso seguro. Cada vez nos es más fácil ver en la oscuridad, por eso, cuando la enorme antorcha aparece de la nada, la luz verdosa de la llama nos ciega.

¿Señor? —pregunta una voz que me resulta familiar.

Atron, que no parecía en absoluto afectado por el aumento de luminosidad, avanza resueltamente hasta el recién llegado y le propina un golpe, a juzgar por el quejido que suelta el desdichado.

Maldito gusano... De poco me matas del susto, so imbécil —le recrimina—. ¿Puede saberse por qué mierdas no estás en Kalifëer?

Verá, señor. Lo siento mucho, pero...

Ni peros, ni pollas: al grano.

Tomaron Kalifëer —explica simplemente el recién llegado, al que reconozco como la horrible alimaña que había acompañado a Atron en su golpe contra Aka-nhû.

Atron no parece satisfecho con las palabras de su sirviente. Sus ojos, de los que casi no queda rastro de pupila, centellean con una furia apenas contenida. Se lleva la única mano libre a la cintura, envarándose ante la alimaña.

¿Qué significa eso de que la han tomado?

Vinieron hará dos días, señor. Muchos hombres armados, con cascos y todo. Irrumpieron en la casa, mataron a la quimera, se llevaron a los perros y lo incendiaron todo. —Las manos le tiemblan mientras habla—. Yo estaba en las termas cuando pasó. Al ver el fuego huí por los túneles. Quería llegar a la Capital, advertirle...

¿Advertirme de qué?

Los hombres que atacaron llevaban el escudo de la familia real.

El pálido deja escapar un bufido desdeñoso que hunde a la criatura en la miseria.

Tus noticias llegan tarde, gusano —espeta—. La princesa está muerta y Zazthe es el nuevo rey. Seguramente el ataque fue cosa suya.

Lo siento, señor... —murmura la alimaña con la voz quebrada.

Por mucho que me duela, no puedo evitar sentir compasión de él. Se ha arriesgado mucho para llegar hasta su amo para ver cómo su lealtad y esfuerzo son despreciados sin un ápice de consideración. Atron es un capullo de manual que no merece un siervo tan fiel como este.

Habrá que cambiar la ruta —determina el pálido, ignorando a la criatura—. Y apresurarse. Si Kalifëer ha caído, los túneles pronto no serán transitables.


Ni lo intentéis —ordena una voz a nuestra espalda.



Y hasta aquí la entrega de hoy (toma cliffhanger XD). Espero que la lectura haya resultado de vuestro gusto, y si no ha sido así, podéis presentar vuestras quejas (educadamente) en los comentarios.

¡Nos leemos! ^^

No hay comentarios:

Publicar un comentario