Sub-Suelo (Parte 5 y última)


Y sí, por fin llegó el día en que conoceréis el final de Sub-Suelo, la novelita por entregas de elfos zombis y carreras en la oscuridad.

Como no me gusta alargarme demasiado y sé todos estáis deseando leer el final seré breve: muchas gracias por haber dedicado parte de vuestro tiempo a leer esta historia, porque sin lectores, las historias mueren.

Ahora sí, a disfrutar de la historia ^^





Capítulo XI

Me giro para encararme con nuestro interlocutor y me topo cara a cara con el nuevo señor de la Capital. Echo un vistazo a lado y lado. Está solo. Dejo escapar un gruñido cargado de rabia y él responde a mi gesto con una sonrisa altiva.

Menuda estampa: dos criaturas de la superficie andrajosas, un trasgo y una aberración descastada. Parecen los personajes de una obra de teatro especialmente mediocre.

Hijo de puta... —mascullo—. Hay que ser muy cobarde para prenderle fuego a la casa de un hombre.

¿Hombre? —Zazthe arquea una ceja—. Tú no eres un hombre, Atron. Por mucho que mi primita insistiera en follarte. —Ríe ante su propia ocurrencia—. Eres tenaz y bastante astuto, hay que reconocerlo. Tenías utilidad para ella, pero no para mí. En mi reino no aceptamos a los híbridos, y mucho menos les damos cargos.

Ya... Y por eso has mandado a una partida de caza a por mi cabeza. —Escupo—. ¿Qué haces en los túneles? ¿Por qué no te has sentado en tu trono a esperar?

Zazthe se encoge de hombros.

Ese era el plan inicial, sí. Mandar a la élite a buscar la cabeza del xhá bastardo. Pero siempre se ha dicho que un trabajo bien hecho es el que uno mismo hace. Entonces reflexioné: ¿para qué necesito yo que un lameculos de la nobleza que me sirva de segundo? —Una sonrisa carente de cordura se apodera de sus facciones—. Y más tarde pensé: ¿y para qué necesito yo a los nobles?

Frunzo el ceño.

Ya veo por donde va. Una nueva purga para debilitar a las grandes casas de la Capital y hacerse con el control. Nada nuevo bajo la tierra.

Isode no te dejará hacer tal cosa —digo—. Atenta contra la tradición.

¿Que no me dejará? —Mis palabras parecen divertirle—. Me temo que mi amada tía no está en condiciones de impedir nada. En cuanto hube eliminado a su tonta hija la entregué a la guardia para su uso y disfrute. Y creo recordar que el cuerpo de guardia se compone actualmente de más de un centenar de miembros —Cruza los brazos sobre el pecho—. Como podrás deducir, Isode no ha podido hacer nada para evitar que más de la mitad de los honorables herederos de la Capital murieran despedazados por la aberración que creó mi prima.

Un escalofrío me recorre la espalda. El crujido de la puerta, las voces... No estaban intentando derribarla para darnos caza, trataban de huir. Morían contra ella...

¡Eres un cerdo! —espeta Idräna adelantándose.

Todas las miradas se clavan en ella. Ninguno de nosotros esperaba que interviniese, y mucho menos con ese tono. ¿Por qué se indigna?

Hay que ser muy miserable para matar a otros, pero aún hay que serlo más para atentar contra la vida de quienes aspiran a servirte —continúa la elfa, pero lejos de ofenderse Zazthe sonríe.

Está claro que los que andáis bajo el cielo no tenéis ni idea de cómo funciona el mundo. ¿Cómo crees que llega uno a la cima, pequeña zorra? ¿Por su sangre real? —Escupe—. No, estúpida criatura pálida. Para ser alguien es necesario escalar sobre un montón de cadáveres que, de no estar muertos, harían lo mismo contigo.

Idräna aprieta la mandíbula. Oigo rechinar sus dientes mientras se contiene para no lanzarse contra ese indeseable.

Oh, pero no hace falta que me mires así. —Zazthe continúa con su interminable verborrea. ¿Es que no se cansa de escucharse a sí mismo?—. Piensa que tú obrarías igual que yo: utilizando, engañando y matando.

¿Es así como relajas tu conciencia? —pregunta el tal Caren, adelantándose—. ¿Hablando por diez minutos y treinta segundos y tratando de argumentar que todos obrarían como tú llegado el caso?

Oye, pedazo de mierda...

Y todo eso —continúa Caren sin inmutarse— mientras el monstruo en el que habéis convertido a Deuce campa suelto alegremente. ¿No te inquieta lo más mínimo lo que ese ser pueda hacerle a tu pueblo? ¿Es que vas a gobernar sobre los mismos cadáveres por los que escalaste?

¡Cinco deidades! ¡¿Se ponen a dar lecciones con una bestia correteando por los túneles?!

Loca estaba la elfa, pero más loco todavía está este tipo. ¿Es que de veras creen que con sus discursos moralizantes van a lograr que Zazthe enmiende una vida de crímenes? Es más, ¿de veras creen que alguien aquí abajo va a tomar en consideración lo que puedan decir?

El gusano me tira de los pantalones, llamando mi atención. Ladea ligeramente la cabeza, señalando hacia la pared de piedra de nuestra derecha. Alzo los ojos discretamente para ver a la aberración encaramada a las piedras, descendiendo sin apenas hacer ruido.

Me giro hacia los elfos. Idräna me mira y asiente de forma casi imperceptible. Lo han visto. Saben que la criatura está ahí, a veinte metros de distancia en vertical. ¿Entonces por qué no corren? ¿Qué quieren?

¡... cerdos! —vocifera Zazthe, ajeno al hecho—. ¡¿Qué sabréis vosotros, malditas alimañas...?!

Zazthe se calla. Alza su mano derecha y se limpia la mejilla. Una gota. Un sonido viscoso resuena en los túneles cuando otro goterón se estrella contra el suelo de piedra, a los pies del nuevo señor de la Capital.

Saliva.

Zazthe alza los ojos y lo vemos encogerse de terror. Un grito muere en su garganta cuando el coloso se lanza desde la pared con las mandíbulas abiertas. Zazthe alza las manos para protegerse. Con un chasquido de huesos al quebrarse, la mitad del nuevo rey es engullida mientras el resto de su cuerpo cae al suelo con un chapoteo de sangre y vísceras, convulsionándose. Siento náuseas.

La mano de Caren me agarra de la muñeca, tirando de mí e instándome a correr para alejarme de la bestia, que mastica impúdicamente la cabeza, los brazos y las costillas de Zazthe. El sonido de los huesos al desmenuzarse resuena en mi cabeza mientras corro, siguiendo a Idräna y al gusano.

La antorcha tiembla, proyectando sombras macabras en la pared. Es un elemento inútil, pero al menos alejará a las escasas criaturas que se atreven a habitar en este dédalo de piedra.

Un rugido a nuestras espaldas nos advierte de que el coloso ha concluido su festín. Y de que sigue teniendo hambre. Aceleramos nuestra carrera.

¡Girad a la derecha! —les indico al llegar a la bifurcación.

Hacia la izquierda solo está Kalifëer, un amasijo de ruinas. Hacia la derecha, un camino tortuoso de varios días hasta su asquerosa ciudad. La idea de vivir entre pálidos me atrae tanto como tirarme a un pozo, pero si he de elegir entre eso y morir a manos de un infectado, está claro cuál es mi elección. Además, gracias al elfo idiota, podré evitar ser juzgado y castigado por décadas de crímenes contra los habitantes de Aka-nhû (por mucho que le joda a la elfa).

Cuando el camino se esconde en una grieta entre rocas nos detenemos a recobrar el aliento. Los gritos de la criatura aún resuenan, si bien no puedo precisar su origen. También se oye el rugido de las piedras al moverse y caer, estallando en mil pedazos. A saber cuántos caminos obstruye el puto bicho...

No podemos demorarnos más —determina Idräna. Esta cansada. Le tiemblan las piernas y de la falda que viste apenas quedan jirones que se aferran a su cuerpo—. Descansaremos cuando lleguemos a la ciudad.

Misión imposible, nena. Villa Elfo está a varios días, aún con los caminos intactos y sin vigilancia. —La elfa frunce el ceño—. Avanzaremos un par de kilómetros más y, cuando lleguemos a las cuevas, descansaremos. Ah —añado con una sonrisa—, la primera guardia es tuya, preciosa.



Capítulo XII

El pálido de mierda ronca en un rincón. A su lado, el engendro que le sirve reposa echo un ovillo. En esa postura me recuerda a un gato. Oigo unos pasos a mi espalda y me giro alarmada. Es Caren.

¿No duermes? Aún falta un rato para tu turno.

Me he desvelado —explica sentándose junto a mí—. ¿Cómo escapaste del burdel?

Bajo la cabeza. Recordar las semanas que pasé con Raamik y lady Mhya no es agradable.

Había una chica —respondo al fin—. Ella me ayudó a vencer a lady Mhya y a escapar de allí.

¿Una chica? ¿De los nuestros?

Niego con la cabeza.

Tenía el pelo plateado y la piel ceniza. Puede que fuera híbrida, la verdad es que no lo recuerdo. Y tampoco tiene importancia —digo, abrazándome las rodillas.

Dejo vagar la vista por el desierto de rocas y oscuridad que se abre ante nosotros. Si no fuese por el brillo de la antorcha, que crepita sin consumirse en un extremo de la caverna, ni siquiera podría distinguir lo que tengo delante.

Siento lo de tu hermano. Fue muy valiente.

Era un idiota —objeto sin mirarle.

Agradezco sus condolencias, pero no había necesidad de ellas. Caren sabe perfectamente que jamás he soportado a mi hermano, y aunque lamento su destino, no se puede decir que me duela. A fin de cuentas la sangre no tiene nada que ver con el afecto, el amor o el cariño. Creer lo contrario es engañarse.


***


No sé qué hora debe ser cuando el pálido de mierda me despierta con brusquedad y nos insta a ponernos en marcha. Si recorremos hoy treinta kilómetros, dice, llegaremos a Aka-nhû mañana por la noche.

Lo que no nos cuenta el muy hijo de puta es que van a ser treinta kilómetros de putas pendientes, tal y como podemos comprobar cuando apenas llevamos una hora andando. El sendero (si es que se puede llamar así) se vuelve tan empinado que nos vemos obligados a apoyarnos con las manos para seguir avanzando.

Cuando por fin llegamos al final de la cuesta lo único que vemos es oscuridad. Alzo los ojos hacia arriba. Deberíamos estar a muy pocos metros de la superficie, y sin embargo sobre nuestras cabezas, aún con la luz de la antorcha que el adefesio transporta, no se veo otra cosa que negrura. Es frustrante.

La caverna en la que nos encontramos es muy amplia, nena —explica Atron como si me leyese el pensamiento—. Por mucho que subamos, faltarán kilómetros para llegar a tu amada superficie.

¿Tanto? —se sorprende Caren. Al parecer él también divagaba al respecto.

La Capital fue construida en uno de los puntos más bajos —dice Atron, reemprendiendo la marcha.

Por suerte para nosotros, el camino se ensancha considerablemente después de la cuesta, y si bien seguimos teniendo que afrontar pendientes y desniveles, avanzamos a buen paso. El estómago nos ruge, y para calmarlo solo contamos con puñados de las raquíticas setas pálidas que el engendro localiza con notable facilidad.

Basta con buscar musgo —le cuenta a Caren tras ser interrogado por tan asombrosa habilidad—. Las setas crecen donde hay más humedad. Y donde hay humedad hay musgo.

Y precisamente a eso es a lo que saben estos hongos de textura gelatinosa. A musgo y a aguas estancadas. Ni siquiera asadas al fuego de la antorcha mejoran, y dudo mucho que existan especias lo bastante potentes como para camuflar su sabor.

Aunque tal vez Agatha podría...

Agatha es la cocinera de la guardia. Ella y su marido son el cuarteto de manos más hábiles que he visto jamás, capaces de convertir un manojo de zanahorias mustias en una crema de verduras de gran calidad. Tal vez debería recoger un puñado de estas asquerosidades blancas para llevárselas...

¿Pero qué diantres...?

La voz de Caren irrumpe mis reflexiones gastronómicas. Allí, a unos metros de nosotros, las rocas brillan con una luz anaranjada que baila y crepita. Atron olfatea el aire con los ojos fijos en la luz.

Huele a madera quemándose —dice.

Y tiene razón. Un penetrante olor a troncos ardiendo invade lentamente nuestras fosas nasales. Es el olor del fuego, no el de las llamas de quimera. ¿Podría ser...? Oímos voces acercarse y Atron nos obliga a ocultarnos en una grieta entre las rocas.

Al cabo de unos minutos vemos aparecer a una comitiva de veinte hombres uniformados con los colores de la Casa Real de Aka-nhû. Y a la cabeza va Ghibel, sosteniendo una de las antorchas.

A la luz de las llamas sus ojos brillan, hundidos en un mar de oscuridad. Tampoco el resto de soldados tienen buen aspecto. Sus rostros parecen consumidos, la piel macilenta. Algunos incluso parecen a punto de desvanecerse, y sus armaduras, vistas de más cerca, parecen desgastadas y sin brillo. ¿Cuánto tiempo llevarán vagando por los túneles?

Sin que Atron pueda detenerme salgo disparada de la grieta. Caren me sigue. Las espadas salen a saludarnos, pero en cuanto nos reconocen los hombres vuelven a ocultar sus filos. Ghibel se lanza hacia nosotros y me abraza. Huele a sudor, a tierra húmeda y a polvo. Pero nada de eso tiene importancia. Por fin, entre sus brazos, me siento en casa.

La alegría inicial se torna en dolor cuando, tras un rápido intercambio de palabras, Caren transmite a los soldados la noticia de la muerte de los príncipes y el destino de Deuce. Se ahorra los detalles, pero todos parecen deducir por sus palabras que ninguno de estos acontecimientos estuvo privado de dolor o violencia.

Varios hombres mascullan maldiciones contra los seres del subsuelo. Y por ese motivo reaccionan con violencia cuando Atron se deja ver junto con su horrible siervo. Es necesaria la mediación de Caren para impedir que el pálido de mierda acabe ensartado, aunque a mi criterio lo merece.

Ghibel tampoco aprueba la actitud de Caren. Le parece un insulto que haya ofrecido una apelación de sangre a tan repugnante ser, pero como es un hombre que respeta la tradición lo acepta y, dadas lsa circunstancias, decide emprender el camino de regreso hacia la ciudad.

Salimos hace dos semanas —me explica—. Fue una idea suicida, todos los putos caminos son iguales y avanzábamos sin saber hacia dónde dirigirnos. Si no os hubiéramos encontrado, habríamos seguido vagando por aquí solo Enova sabe por cuánto tiempo. Ha sido una suerte. —Mira a lado y lado para cercionarse de que nadie más puede oírlo—. No sabes lo que cuesta mantener la moral alta cuando solo puedes ofrecer a tus hombres setas viscosas para llenar el estómago.

No me hables de esas setas, por favor.

Ghibel abre la boca para soltar otra ocurrencia, pero un grito estremecedor le silencia. Los soldados se estremecen al oírlo y se giran en todas direcciones, arma en ristre.

En el nombre de Enova, ¿qué ha sido eso?

La señal de que hay que acelerar el paso, majete —dice Atron, adelantándose para encabezar al grupo—. Vamos, con ese eco tan breve la criaturita no debe andar demasiado... lejos.



Capítulo XIII

En cuanto veo por enésima vez la boca chorreante de ese engendro siento como todo mi cuerpo se desmorona. El coloso nos observa, agazapado sobre una roca, a pocos metros de nosotros. ¿Pero cómo cojones ha llegado ahí? ¡Parece una puta pesadilla!

¡Vamos, muchachos! —vocifera el capitán de los elfos, echando a correr junto a Idräna.

El peso de las armaduras ralentiza a los hombres, y mientras corro con el gusano pisándome los tobillos, adelantando al pelotón, escucho el grito desesperado de uno de ellos, seguido del crujir del hierro al ser masticado. No necesito girarme para saber lo que ocurre.

Pero los soldados sí se giran, y varios de ellos se lanzan como los perfectos gilipollas que son contra la bestia. ¡Qué ilusos! ¿Creen que esa birria de espadas cortas van a hacerle algo a ese bicho? ¡Pero si ni siquiera siente dolor!

¡Alto! ¡No os enfrentéis! —trata de advertirles Idräna, pero los soldados ni la escuchan.

Arremeten con furia ciega contra el coloso, que los hace pedazos con sus enormes e hinchadas manos. Sus gritos se mezclan con el crujir de los huesos, los alaridos del capitán y los aullidos de la bestia. Menudo concierto.

¡Retirada! —ordena el capitán, corriendo para alejarse del peligro.

Lo que queda de sus hombres (tres desgraciados con la coraza abollada) obedecen la orden y abandonan la lucha arrastrando a un cuarto soldado herido. La bestia se irgue y ruge, provocando la caída de varios fragmentos de roca. Cuanto más la miro, más gigantesca y monstruosa parece.

El capitán nos conduce a todo prisa hacía una grieta entre dos rocas, donde nos refugiamos, fuera de la vista de la criatura. El soldado herido es puesto en el suelo y atendido por su compañeros mientras Idräna y Caren observan al coloso devorar los cuerpos de los caídos.

Hay que acabar con él —sentencia la elfa.

La rotundidad con la que pronuncia esa frase me deja sorprendido. Joder, nadie diría que está hablando de su propio hermano.

Bueno, de momento lo hemos esquivado —argumenta el capitán—. No creo que sea necesario...

Ghibel —lo corta ella—. Si no lo matamos, nos seguirá hasta Aka-nhû.

Tiene razón —interviene Caren—. Llevamos menos de dos días de camino y ya es la segunda vez que nos topamos con él. Si logra seguirnos hasta la ciudad será un desastre. Y además, su mal es contagioso. Si muerde a alguien...

El silencio se apodera del grupo. Por el rabillo del ojo veo cómo los tres soldados supervivientes se apartan con discreción de su compañero. Observo al herido. Le han vendado el hombro, y la sangre, densa y oscura a la luz de la única antorcha superviviente a la huida, empieza a empapar la tela. Frunzo el ceño.


Con cautela me acerco al herido. Tiene los ojos cerrados y respira con dificultad. Se debe haber desangrado el pobre imbécil. Ni siquiera reacciona cuando le arranco las vendas de un tirón, dejando al descubierto la herida. Hay unas incisiones profundas. Dientes.

¿Pero puede saber qué...? —exclama el tal Ghibel.

No le doy tiempo a añadir nada más. De un gesto rápido me apodero de la espada de uno de sus hombres y secciono la garganta del herido. Un corte limpio. Una muerte rápida. Casi podría decirse que fui piadoso.

¡Perro asqueroso! —me increpa el capitán, abalanzándose sobre mí.

Por suerte, Idräna lo retiene antes de que sus sucias manos se cierre entorno a mi cuello. Al parecer, la elfa entiende perfectamente por qué acabo de degollar a un pobre herido. Qué chica más lista.

Estaba marcado —dice ella—. Se habría convertido en otra bestia como la que hay ahí fuera. Y no hay cura —añade.

Ghibel traga saliva. Asiente y se relaja lentamente. Sus hombres lo contemplan expectantes, sin atreverse a mirar a su compañero degollado. La sangre empieza a expandirse por el suelo de la minúscula caverna y uno de ellos se aparta para evitar mancharse las botas. Finolis...

Está bien. ¿Cómo lo hacemos? —pregunta el capitán—. Porque a espadazos está claro que es inviable.

Caren se gira hacia el gusano, que tiembla junto a mis rodillas. Pobre bicho, un sobresalto más y su asqueroso corazón de trasgo revienta.

Tú conoces los caminos —afirma—. ¿Hay algún precipicio cerca de aquí?

El gusano se rasca su calva cabeza, sopesando. Frunzo el ceño. ¿En serio prefiere preguntarle a él en lugar de dirigirse a mí? Puto elfo de mierda.

Hay un acantilado a unos diez minutos de aquí —intervengo—. Podemos atraerlo hasta allí y empujarlo por el borde. La caída lo matará seguro, si no se abre el cráneo se reventará los huesos.

Podría funcionar, pero... —Idräna no parece demasiado convencida.

Me acerco a ella y le paso un brazo por el hombro.

Tranquila, nena. Confía en mí. Me he librado de molestias más notables que ese gigante, así que no te preocupes.

Lo que me preocupa —dice, zafándose de mi cariñoso abrazo— es cómo vamos a empujarlo.

Bueno, en cuanto salgamos de aquí ese bicho se lanzará a por nosotros. No es muy listo, así que bastará con un cebo para hacer que se despeñe por voluntad propia. Y, gracias a Los Cinco, aquí tenemos un buen cebo.

Ladeo la cabeza en un gesto significativo hacia el finado. Ghibel me dedica una mirada llena de todo menos de buenas intenciones, Caren se abstiene de opinar y las espadas de los soldados empiezan a lamer las vainas, deseando salir a saludarme. Es fascinante el efecto que causo en la gente.

La idea es buena —dice Idräna.

Pero Adeth es... Era nuestro compañero —protesta uno de los hombres—. No podemos pervertir su cuerpo de esa manera.

O sacrificamos su cuerpo, o lo acompañamos en su camino a los brazos de Enova. Y supongo que la segunda opción no te resulta apetecible, así que vamos.


***


Basta salir de la grieta para que la criatura aparezca ante nosotros por entre las piedras. Tiene los labios partidos, la escasa ropa que lo cubría convertida en harapos y todo su cuerpo está recubierto de sangre (propia y ajena) y suciedad. El hedor es repulsivo, pero no me detengo demasiado a degustarlo.

Arrastrando al finado por los brazos, corro junto con los tres soldados supervivientes hacia el acantilado. Idräna y Ghibel van a la retaguardia, cada uno de ellos con una espadita de las suyas en la mano, tratando de mantener a la criatura a raya. Caren y el gusano corren junto a mí, iluminando el camino con la antorcha.

Al poco vemos la silueta del risco. Una saliente de roca a nuestra derecha suspendido sobre un pozo de oscuridad cuya profundidad ignoro. El camino serpentea hacia la izquierda, Caren y el gusano no dudan en tomarlo, pero los soldados y yo con ellos nos desviamos para atraer a la bestia.

Al vernos divididos la criatura ruge, confusa. Su hinchada cabeza nos mira alternativamente, sopesando cuál será el plato más jugoso. Idräna aprovecha y lanza una estocada hacia su pierna derecha. El gesto lo enfurece y el coloso se lanza contra ella, que se ve forzada a retroceder hacia el precipicio con nosotros.

Cuando llego a la mitad del saliente me detengo. El camino que nos une a tierra firme es lo bastante ancho como para permitirnos una huida rápida. No podemos avanzar más sin arriesgarnos a caer cuando la bestia se lance hacia nosotros. Me giro hacia los aterrorizados soldados.

Muy bien, perros —les digo—. Este es el plan: en cuanto se acerque a nosotros lanzamos el cadáver y corremos de vuelta al camino. Hay que lanzarlo lejos para que el suelo ceda y ese bicho se estampe de cabeza contra el fondo de la sima.

Idräna se acerca hacia nosotros con la bestia pegada a los talones. Al pasar por mi lado la atraigo hacia mí con el brazo libre, frenando su carrera. El coloso ruge, a pocos metros de nosotros. Las piernas de los soldados empiezan a temblar y mi pulso se acelera.

Quietos —ordeno. Todo mi cuerpo vibra al compás de las pisadas de la bestia.

Desde el camino, Ghibel y Caren contemplan impotentes las escena. Veo también al gusano, aferrado a las piernas del elfo. No pueden hacer otra cosa más que mirar. Ahora todo depende de la benevolencia de Los Cinco.

El coloso ruge, avanzando hacia nosotros con los brazos extendidos. Noto la piedra crujir bajo la suela de mis botas.

¡Ahora! —grita Idräna.

Coordinados por la fuerza de la necesidad, los soldados y yo lanzamos el cuerpo al borde del precipicio. Atraído por el movimiento, el coloso se lanza hacia él y nosotros aprovechamos para retroceder. La roca cruje y se hace pedazos bajo el peso de la bestia para, con un sonoro estallido, desprenderse y precipitarse hacia el abismo. Noto la piedra resbalar bajo mis pies. Corre. Corre. Corre.

Veo a los soldados llegando al camino mientras todo se desmorona. Idräna corre delante mío. Ghibel sale del camino y grita, frenético, mientras extiende las manos en nuestra dirección. Un poco más. Unos pasos más. De repente pierdo pie y todo mi cuerpo se balancea hacia atrás. Hacia el abismo.

La gravedad tira de mí mientras manoteo en el aire, tratando de aferrarme a cualquier cosa. ¡Cinco Deidades, no quiero morir así!

Te tengo. —Oigo la voz de Idräna y luego un doloroso tirón el el brazo.

Ya no caigo. Estoy suspendido en el aire. Bajo mis pies no hay otra cosa que negrura. Alzo la vista y mis ojos se cruzan con los de la elfa, que aprieta los dientes mientras lucha por izarme.

¿Por qué haces esto? —pregunto, aunque la situación es propicia para todo menos para el diálogo—. ¿Por qué no me dejas caer?

Porque yo no soy como tú, pálido de mierda —gruñe—. Pero si no empiezas a esforzarte en subir, nada me impedirá soltarte.

Otro par de brazos se asoman al borde de lo que queda del acantilado y me agarran con fuerza. Es el capitán. Entre él y la elfa logran izarme, arrebatándome de las garras del vació. Cuando por fin toco tierra, una mancha húmeda moja mis pantalones. Genial, dos medas en menos de una semana.



Epílogo

El regreso, tras la muerte de criatura, fue rápido. Tal y como había predicho Atron, en menos de una semana llegamos ante las puertas de Aka-nhû andrajosos, sucios y famélicos. La ciudad nos recibió con regocijo y tristeza a la vez, y tras conocerse la tragedia de los príncipes, se decretaron dos semanas de luto.

Fueron días grises, pero apenas guardo recuerdo de ellos, pues pasé la mayor parte del tiempo en un duermevela inconstante y doloroso del que solo despertaba para comer o llorar. Me había esforzado para ocultarlo, para enterrarlo en mi interior, pero lo cierto es que el recuerdo de Deuce me torturaba. Había matado a mi hermano, y ese crimen me pesaría hasta el último de mis días.

Solo Caren sospechaba el por qué de mi tristeza, el resto de mis conocidos, incluido Ghibel, la atribuían a la terrible experiencia que había vivido en el burdel. Y es que, cobarde de mí, no había sido capaz de contar a nadie quién era en realidad la criatura a la que había despeñado sin remordimiento.

Deberías contarlo —dijo Caren una tarde—. Nadie te juzgará por ello.

Y por Enova que pensé en hacerlo, en hablar con Ghibel y contarle la verdad. Pero no encontré momento. Los días fueron pasando y al final, cuando fui convocada al palacio para ocupar el cargo de mi hermano en la guardia, aún no había sido capaz de contárselo.

Ese día me vestí con el uniforme sin apenas planteármelo. Iba a ser capitana, uno de los puestos más altos a los que cualquier habitante de Aka-nhû podía aspirar. Y sin embargo no sentía satisfacción alguna. Al contrario: tenía la sensación de no merecer tal honor, de que me lo otorgaban como una triste compensación por todo el daño sufrido. Una limosna, no el reconocimiento a un mérito.

Por ese motivo, cuando las campanas tocaban la décima hora de la mañana, salí de la ciudad con mi macuto al hombro y en completo silencio. No me despedí de nadie, solo deposité una nota sobre la mesa de mi pequeña casa. En ella no daba explicaciones sobre el lugar al que me dirigía, tan solo me disculpaba por partir precipitadamente, prometiendo regresar.

Cuando ya llevaba recorrido un buen trecho llegué a la linde del bosque, la barrera natural que separaba a mi pueblo de los hombres. Sabía que no podía seguir por ese camino, pero la alternativa...

¿Te largabas sin decirme adiós, preciosa? —La horrenda voz de Atron me lamió los oídos.

Fruncí el ceño. Otro de los motivos de mi falta de entusiasmo por quedarme en la ciudad era la presencia del pálido de mierda. Gracias a la ocurrencia de Caren, Atron se había convertido en ciudadano de pleno derecho, con residencia fija y un trabajo honrado de recolector. Tener que verle por la calle era una tortura, un recordatorio de lo injusto que es el mundo. Y de que todos los cabrones triunfan.

Atron salió de detrás de los árboles. Tras él trotaba el adefesio, cargado con un cesto lleno a rebosar con las primeras setas de la temporada. Al parecer, incluso lejos del subsuelo el pobre trasgo seguía siendo esclavo.

¿Adónde vas por estos caminos? ¿No deberías estar en esa ceremoniucha para convertirte en la perra de los reyes?

Donde vaya o deje de ir no es cosa tuya. Apártate del camino y déjame en paz.

Oh, vamos. No seguirás odiándome por haberte vendido, ¿no?

Lo fulminé con la mirada.

¿Pero tú qué tipo de imbécil eres para tener que preguntar eso?

Optando por ignorarle, seguí con mi camino. Pasé por su lado sin dirigirle una mirada, cosa que le arrancó una carcajada. En el nombre de Enova, ¿es posible ser más desagradable que este pálido de mierda?

El tipo de imbécil que va a seguirte allí donde vayas —respondió, echando a andar a veinte pasos de mí—. Gusano, ve por la bolsa —ordenó.

El adefesio sale corriendo hacia los árboles, abandonando la cesta de setas sin ningún tipo de remordimiento. Me giré hacia Atron con gesto amenazador.

¿Qué es lo que pretendes? ¿Que me arrepienta de no haber dejado que te mataras en los túneles, Atron?

Al oír su nombre una sonrisa se pintó en su rostro. Una sonrisa carente de crueldad o sarcasmo. Casi parece ilusionado de oírmelo pronunciar.

La verdad es que no lo tengo demasiado claro. ¿Acompañarte a hacer turismo, tal vez?

Me encogí de hombros, reemprendiendo el camino. Atron se me adelantó unos pasos, volviendo a barrarme el paso.

Tu amiguito el que cuenta las cosas dijo que hay más elfos viviendo en un lago. ¿Es eso cierto?

Asiento. ¿Puede saberse qué es lo que pretende? ¿Me incordia por diversión o tocar las pelotas es una forma de cortejo entre los monstruos del subsuelo?

Ah, perfecto. En ese caso, tal vez sería buena idea y a presentarles mis respetos para que me acepten como uno de los suyos.

¿Como uno de los nuestros? ¿Pero desde cuando este tío ha aceptado que ahora es un elfo de pleno derecho? ¿Está de guasa o qué?

En ese momento regresa el gusano, cargado con un pesado macuto de viaje. Cualquiera diría que estos dos desgraciados estaban preparados para largarse en el momento menos esperado.

Estás loco —mascullé.

Miénteme y di que solo un poco —respondió Atron, guiñándome un ojo e iniciando la marcha—. Vamos nena —me apremió—, ya sabes que hay que viajar por el subsuelo.




Sí, así termina Sub-Suelo. Poco puedo decir, salvo reiterar mi agradecimiento. Espero de corazón que hayáis disfrutado de la lectura, ni que sea por los comentarios idiotas de Atron.

No sé si volveré a escribir otra novela de este corte, pero si os gusta el formato y los villanos que se ganan el corazón de uno, podéis echarle un ojo a Sorgina. También va por entregas y la primera es gratis.

¡Nos leemos! ^^

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