El editor corrector: ¿amigo o enemigo?


Porque a veces atacamos a la persona equivocada...

No hay nada que aterre más a un escritor antes de publicar su obra que dejarla en manos de la editorial y sus infames secuaces: los correctores.

Tanto da lo amables y maravillosas que hayan sido las conversaciones previas entre ellos, cuando llega el momento de la verdad, el escritor se siente como si estuviera entregando un recién nacido a un aquelarre de brujos infames.

Con el fin de desterrar tan perjudiciales ideas de vuestra mentes, hoy contamos en el blog con un invitado muy especial, David Tourón, editor de Ronin Literario.

¡Recibámosle con el cariño que merece! ^^



A comienzos del año 2016 me tocó aprender un oficio estampándome contra él. Mi socio Víctor Blanco y yo fundamos Ronin Literario, una aventura editorial con seis obras en papel y quince digitales a sus espaldas. Mi amor por la literatura me hizo lanzarme de cabeza cual bersérker con la ingenua ilusión de que aquello era coger letras de otros, ponerlas en un papel y ale.

Nadie te avisa de los múltiples agentes y acciones que rodean la publicación de un libro. Impuestos, contratos, mercadotecnia, tipos de impresiones, plazos, fechas, eventos… Pero lo más tedioso (y también lo más gratificante) es la corrección.

Corregir un texto es una tarea que requiere de muchas facetas. Hay que tener un estilo de lectura minucioso y una gran atención a los detalles. También conocimientos de ortografía, gramática, semántica y capacidad para entender la construcción de un texto.

A priori se antoja complicado, pero aún puede serlo más cuando el texto que corriges es de otro. Eso acrecienta el número de virtudes que requiere dicha tarea.

Por suerte, leo desde los cinco años, la carrera de magisterio me otorgó un dominio del lenguaje bastante aceptable y el negocio familiar (un bar) me capacitó para conocer qué quieren escuchar los demás y cómo.

De un editor corrector no solo se espera que corrija las tildes y las comas, también debe lograr que el texto esté pulido al máximo, que sea satisfactorio para el lector y que le haga sentirse orgulloso de sus valiosos euros gastados.

El editor debe de conocer al público al que ese texto irá dirigido y es por eso que a veces ha de tomar decisiones que pueden afectar a la obra. Es entonces cuando empieza el duelo. La negociación. La lucha contra el ego.

A nadie le gusta que le toquen lo suyo. No siempre es fácil aceptar que aquellos párrafos maravillosos que escribiste una noche que lloviznaba mientras sonaba tu canción favorita no explican nada, son repetitivos y no tienen cabida en tu novela porque hacen desear que el libro arda espontáneamente.

Una corrección ha de ser un diálogo y la paciencia y la empatía nuestras principales herramientas. Nunca hay que olvidar que ambos buscamos un mismo fin. Ambos queremos lo mejor para el texto. Y, por supuesto, ambos nos podemos equivocar.

Y esa es una clave que no se nos puede olvidar. Yo mismo he afirmado alguna vez que el ego del escritor puede ser un escollo que entorpece la fluidez de ese diálogo, pero a veces es nuestro propio ki el que está provocando ese enfrentamiento.

Obcecados en el error del otro no vemos el propio. Nuestra postura, por firme que sea, no siempre va a ser acertada. El autor y el corrector no deben comportarse como rivales, deben ser camaradas que empuñan y comparten sus armas por una misma batalla.

Aunque a veces cueste, el editor ha de aceptar que la obra es del autor y la decisión final siempre tiene que estar en su mano, por mucho que nosotros amemos esa historia como si la hubiéramos escrito nosotros. No es nuestra, somos sus padrinos, no sus padres.

A pesar de ello, una vez la obra esté en el mercado, hemos de asumir como nuestros todos los errores que albergue. Tanto si no los vimos como si los vimos y no fuimos capaces de consensuar una solución con el autor.

A veces una historia te gusta tanto que dejas pasar cosas que consideras erróneas con tal de no enfrentarte al autor y poder publicarla de una vez por todas. La culpa jamás será del autor, siempre será nuestra por priorizar las ansias de mostrar esa obra al mundo en vez de conseguir su forma perfecta.

Ya para acabar, deciros que realmente me he colado en este blog y os he soltado este rollo solo para pediros que seáis misericordiosos con vuestros correctores, ellos solo quieren vuestro bien y el de vuestro texto. Escuchadles y tratadles con cariño. No desconfiéis de sus consejos.

No somos el enemigo.



Tras las emotivas palabras del señor Tourón, lo único que puedo desear a es que os hayan ayudado a reconsiderar la opinión que pudierais tener sobre la figura de los correctores y a valorar su trabajo para desterrar para siempre el miedo irracional y la desconfianza que generan en el autor.

No sé vosotros, pero si todos son tan majos como este caballero, no amarlos debería ser delito.

¡Nos leemos! ^^

2 comentarios:

  1. ¡Qué interesante! Yo lo que tenía entendido es que la figura de un editor corrector se encontraba más a menudo en las editoriales estadounidenses que en España, y que aquí la corrección caía en manos de un corrector de estilo.
    Me alegra saber que aquí también hay editores que se implican a fondo en la novela y buscan publicar una obra con todo su potencial, aunque haya que meter un poco de tijera a veces.

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  2. Este post me ha hecho acordar de la película El editor de libros, en la que Colin Firth era el editor de un autor joven e impulsivo encarnado por Jude Law. La pelea entre ambos durante el proceso de pulir el manuscrito era tremenda y llevaba mucho tiempo. Debe ser que los tiempos no han cambiado.
    Buen post.
    ¡Saludos!

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