Relato: Cuando cayó del cielo


Porque lo mejor de la vida llega sin esperarlo...

Hoy os traigo un relato algo distinto a lo que suelo publicar en el blog: No hay violencia explícita y tampoco acaba en una orgía de sangre y dolor (si buscabas eso, mejor lee este otro).

¿Y qué tenemos hoy en el menú?

Pues un maravilloso relato sobre aquellos pequeños milagros que llegan a nuestras vidas con estrépito y sin avisar, y que acaban por cambiarnos completamente casi sin que nos demos cuenta. Espero que os guste:


Cuando cayó del cielo




No era una noche especialmente fría, ni el cielo estaba tan limpio como cabría esperar después de casi una semana de lluvias constantes. De hecho, era una noche vulgar, monótona y aburrida. Nada parecía augurar que ocurriría algo maravilloso.

Y sin embargo ocurrió.

Michael aún no había terminado de fregar los platos de la cena cuando el chapoteo de algo pesado cayendo en el estanque del jardín lo hizo sobresaltarse, provocando que dejara caer la ensaladera de cristal, aquella pieza vetusta, pero fea, que solo conservaba por hacer feliz a su madre.

"Debería comprar otra" pensó, pero sus piernas ya tiraban de él, conduciéndolo hasta el estanque con el corazón acelerado.

Cuando llegó a la pequeña valla que había instalado rodeando aquel minúsculo cúmulo de agua para prevenir cualquier accidente con sus sobrinos, apenas podía respirar. Se dobló con esfuerzo, apoyando sus rollizas manos en sus no menos gruesas rodillas, jadeando.

"Debería hacer deporte" pensó, pero sus ojos ya se habían posado en aquella bolita blanca que chapoteaba, muerta de miedo, entre los kois.

Con un tremendo esfuerzo, Michael salvó los escasos metros que lo separaban del estanque, metió la mano en el agua, y arrastró hacia el borde a aquella diminuta criatura blanca. Una cachorra de galgo.

Extrañado, Michael barrió con la mirada su pequeño jardín, un diminuto paraíso de diversión y seguridad para niños de cero a tres años. ¿Cómo algo tan inusual como un cachorro había podido irrumpir en ese santuario a a la infancia sin rodillas peladas y moratones? ¿Acaso había caído del cielo? Era del todo inexplicable.

"Debería llamar a la policía" pensó, pero sus manos ya corrían a recoger del húmedo césped a la pobre cachorra, acercándola a su pecho mientras sus pasos lo llevaban de vuelta al hogar. Junto a la chimenea.

Michael dejó a la perrita sobre el sillón y la tapó con una de las pequeñas y mullidas mantas lavadas tres veces para esterilizarlas de sus sobrinos. Al poco, la cachorra había dejado de temblar, y su hocico alargado y fino olfateaba con interés los aromas de la casa. Michael se la quedó mirando y la perrita le ladró con entusiasmo.

"Debería poner carteles por si alguien la busca" pensó, pero su cuerpo ya se arrastraba hasta la otra orilla de sofá, dejando caer su pesado cuerpo en aquel mastodonte de cuero sintético cubierto por una mullida funda impermeable, a prueba de babas y de biberones mal cerrados.

Tan pronto como notó su peso en el sofá, la cachorra salió de de debajo de la manta para enrosacarse sobre Michael, apoyando la cabeza en sus rodillas. Bastaron dos minutos para que se quedase profundamente dormida. Michael sonrió, pasando tímidamente la mano por encima del lomo del animal.

"Debería..." quiso pensar, pero su boca se apresuró a prometer:

Mañana saldremos temprano a correr. Iremos a la tienda del centro y te compraré un collar. Uno bien bonito con una placa redonda donde pondrá tu nombre... Estrella. Calló un momento, meditando. Sí, te llamarás Estrella, y cuando mis sobrinos vengan por la tarde, les contaremos la historia de cómo caíste del cielo.



Y hasta aquí el relato de hoy, dedicado a todas las estrellas que llegaron a nuestra vida de accidente y se quedaron para siempre.

En estas fechas son muchos los seres que acaban en las moradas de unos y otros como "regalos" (feo concepto tratándose de una vida...). Yo solo querría, que en los próximos años, ninguna de esas estrellas acabe tirada a un estanque...


¡Nos leemos!

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