Aprendiendo de... El Marqués de Sade


Porque quien menos te lo esperas es quien más tiene que enseñarte...

Tal y como anuncié hará ya unos meses, hacía tiempo que me rondaba por la cabeza la idea de traer al blog una nueva sección dedicada a la lectura de no-ficción y qué pueden aprender de ella los juntaletras aficionados a la fantasía.

Bien, pues el post de hoy inaugura lo que con mucha originalidad me ha dado por titular: Aprendiendo de... (¡No, piedad! ¡Tomates no! O_o)

La mecánica, tan original como el nombre de la sección, consistirá en abrir en canal obras de diversos géneros centrándonos en uno de los aspectos más relevantes de la misma y cómo aplicarlo a las novelas de género.

Y como a mí siempre me ha gustado mucho empezar fuerte, la primera víctima de mi disección va a ser El Divino Marqués... de Sade.



No creo que tenga que entretenerme mucho presentando al ilustre personaje, el sensacionalismo ya se ha encargado de hacerle tan famoso como controvertido. Leer a Sade aún hoy día parece un acto tabú depende de en qué lugares, y si encima lo disfrutas, debe ser que se te ha aflojado algo.

Pues bien, tras mamarme alguna de sus novelas (malpensados...) con motivo de mis estudios de máster, he de decir que las obras de Sade contienen mucha menos violencia de lo que pudiera pensarse.

Pero el objetivo de este post no es recrearnos en las descripciones de las mil y una cosas poco ortodoxas que un grupo de homínidos puede hacer en una cama (o en casi cualquier lado teniendo un mínimo de equilibrio), para eso ya hay muchas páginas en internet.

De lo que hablaremos hoy es del talento del saber qué hay que explicar y qué no: la moderación al escribir.

Para ello, la obra que mejor nos servirá para ilustrarlo es también la más conocida del autor: Justine o los infortunios de la virtud.  Y sí, hay una película sensacionalista y obscena por si os da pereza leer.


Como "El príncipe y el mendigo" pero con más violencia

La historia que relata es muy sencilla: dos hermanas huérfanas se separan y no se encuentran hasta muchos años después. Una ejerció de meretriz y ahora tiene una posición respetable en la sociedad, mientras que la otra, por seguir el camino de la virtud, va de camino al cadalso.

El grueso del libro describe el calvario que le sucedió a esta segunda desde que se separó de su hermana hasta el momento de su reencuentro. Si el contenido os parece cruel, el final da ganas de cortarse las venas.

Curiosamente, un tipo tan excesivo como el queridísimo Marqués sabía muy bien cuándo debía contener la pluma para no resultar grosero a sus lectores. Contando que casi el total de Justine es descripción hecha por boca de la protagonista, que el autor sepa moderarse se agradece mucho y le suma valor.



Cuando empezamos a escribir, se nos insiste mucho en que el buen autor es aquel que muestra sin explicar: no llenar nuestra historia de largas parrafadas descriptivas y dejar que nuestros personajes transmitan.

Sin embargo, tan malo es el abuso de descripción como la falta de ella, de modo que el segundo paso será aprender a encontrar un equilibrio entre ambos. Solo cuando hayamos aprendido a crear esta mezcla podremos aprender a recortar.

Indistintamente de lo que estemos escribiendo, debemos saber cuándo es el momento de mostrar y cuando es mejor que hable el silencio. En el caso de Sade, inclinado a la descripción minuciosa, llama la atención la forma rápida en que se zanja la deshonra de Justine.

Si el resto de la obra se salpica de descripciones (excesivas incluso), el Marqués se niega a exponer con ese nivel de detalle el momento en que Justine es violada, perdiendo así  el honor que tanto atesora.

Los motivos que le pudieron llevar a callarse son varios: compasión por el personaje, irrelevancia del hecho en sí, carencia de interés erótico... Sin embargo, conociendo la mentalidad de la época, lo más  plausible es que callara por considerar excesivo ese ataque al virgo femenino, aún hoy reverenciado en muchos países y culturas.

*Comentario irrelevante: De hecho, la sensación que me transmite toda la obra de Sade es más un deseo por parte del autor por poner a caldo la inmoralidad social que unos fines de entretenimiento sádico-eróticos (que también los tenía, para qué negarlo). Al Marqués, de un modo u otro, le enerva el daño que los valores morales y la estructura de la sociedad causan en una buena persona como es Justine*

Pero volviendo al escritor actual: ¿cómo saber cuándo es correcto callarse?

Porque está claro que hoy día la censura por valores morales es algo un poco más complejo que en 1790. De modo que deberíamos establecer una serie de criterios que eviten que nos vayamos por las ramas explayándonos con detalles innecesarios.

Para ello, aplicaremos una serie de preguntas que también son válidas en la obra de Sade:



1. ¿Se sobreentiende?



Cuando el lector puede intuir perfectamente lo que ha sucedido entre dos escenas sin que se vea afectado el ritmo de la narración, es posible que podamos prescindir de dicha escena.

Esta técnica, equivalente al pantallazo en negro tras un beso apasionado en las películas, se aplica sobretodo a escenas de alta carga explícita (sexuales y violentas) para presentarlas de manera apta ante un público joven o potencialmente susceptible.

No es lo mismo escribir erótica que YA, los niveles de detalle y recreo en el segundo caso deben ser muy inferiores a los del primero.


Auto-censura ante un texto excesivamente explícito

Lo habitual al poner en práctica este truco a nivel narrativo es presentar la escena en el momento anterior a que tenga lugar y, en el capítulo/párrafo siguiente, retomarlo justo cuando dicha escena ha concluido para mostrar las consecuencias o cambios que ha provocado.



2. ¿Puede zanjarse en un par de líneas?


Cuando no se puede prescindir de la mención a los sucesos que enlazan una acción con otra pero sabemos que entretenernos en ellos podría resultar tedioso, la mejor solución es resumirlos en un par de líneas.

Habitualmente, esta técnica se pone en práctica en las escenas previas a la acción principal: si el protagonista sale de viaje, los preparativos del mismo se zanjan en una rápida sucesión de acciones que simplemente se enumeran.

Ej. Pedrito ensilló a su yegua, se echó al hombro su macuto y abandonó la ciudad en mitad de la noche.

Podría haber descrito qué lleva el macuto de Pedrito o cómo este ciñe las correas de su caballo y le coloca las bridas para poder montar, pero esa información resultaba irrelevante y se reduce a lo imprescindible para hacer comprensible lo que está ocurriendo.



3. ¿Aporta algo a la trama describirlo?



El último filtro de recorte se aplica una vez tenemos acabado el ansiado borrador. Conviene en este punto repasar todas las escenas que aparecen en nuestra novela para eliminar o reducir al mínimo las llamadas "relleno".

Para ello, debemos preguntarnos qué aporta a la historia o al lector contar con cada una de estas descripciones. Si la respuesta es "nada", el veredicto es claro: tijeras.



Aplicando estos criterios, aprenderás a evitar que tus historias se llenen de relleno innecesario y de descripciones inadecuadas, convirtiendo tus textos en historias mucho más gratas al paladar del lector.

Y sí, será una tarea complicada, pero si hasta el Marqués de Sade podía censurarse, ¿cómo no vais a poder hacerlo vosotros?


¡Nos leemos! ^^

2 comentarios:

  1. ¡Genial artículo!
    Es un autor muy maltratado por la polémica de unos argumentos que, a día de hoy, ya deberíamos ser capaces de leer sin rasgarnos las vestiduras (nunca mejor dicho), y me ha gustado mucho el modo sencillo y objetivo con el que analizas su manera de escribir.
    Seguiré enganchada a tu blog y las próximas entregas de "Aprendiendo de" (Te salvas de los tomates, pero por poco jjjj)
    Un abrazo.

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  2. Muy buen artículo y como apuntas este trabajo de corte y confección debe realizarse en el momento de la revisión cuando la historia ha tomado forma y te "guía" para conocer lo que sobra y lo que no. Más complejo es la descripción de escenas escabrosas por cuanto ahí juega la tolerancia subjetiva del lector. Creo que un buen criterio es conocer si la escena es sustantiva, es decir, la historia nos lleva a ella; o adjetiva, no tiene función en la trama y solo sirve para generar sensaciones. Estas últimas son las peligrosas. Muy buen artículo. Saludos!

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